Lo que mis neuronas den de sí.

Dibujos, relatos y lo que surja

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Lo que mis neuronas den de sí.

Notapor Neas » Jue Ago 30, 2012 3:58 pm

Buenas a todos. En esto post me propongo ir introduciendo todo tipo lo que se me vaya ocurriendo ya sean dibujos o historias de algún tipo. Dibujo desde siempre pero "Lluvia" es mi primer relato corto así que espero que os guste. En cuanto a medios de dibujo, no dispongo de más que papel, lápiz y goma a parte del programa New Art Academy para Nintendo 3DS así que ya se verá que sale de esto. Espero que no le ardan los ojos a nadie :mrgreen:


Relatos Cortos.

Lluvia.
Spoiler: Mostrar
Era una noche fría y era normal ya estaba llegando el otoño y aunque durante el día el sol seguía reclamando su terreno, cuando se ponía no había otra que meterse debajo de una buena manta.
Pero aquella noche no. Aquella noche, como siempre en otoño, llovía. Eso no era nada raro y me encantaba dormirme con el sonido de las gotas de lluvia golpeando la ventana de mi habitación, de hecho, eran las únicas noches que no me ponía a escuchar música.
Pero aquella noche no. Aquella noche la lluvia no sonaba igual, el aire no era el mismo… yo ya no era el mismo.
Prefiero olvidar lo que había pasado justo antes de llegar a casa, prefiero pensar que aquella lluvia había borrado todo lo sucedido. Por desgracia no era así.
Me resigné. Me vestí. Aquella chaqueta de color rojo oscuro del año pasado que no he dejado de llevar siempre que el tiempo fuese favorable para ello y un pantalón negro y mis deportivas viejas. Los cascos rojos y negros, mi música y la capucha sobre la cabeza.
Ya todo daba igual. Había hecho lo que jamás pensé que haría e iba a enmendarlo de la mejor manera que sabía.
¿El suicidio? ¿Me tomas por un maldito cobarde? No. El suicidio solo causaría más dolor y no solucionaría nada. Aquello que hice tampoco solucionaría nada pero al menos no causaría más dolor y yo me sentiría un tanto mejor.
Fui a la policía. Confesé. Me encerraron y se pusieron a buscar el cadáver.

No lo encontraron. Yo me enteré solo a la mañana siguiente. Les había descrito, señalado y explicado tanto lo sucedido como el lugar en el que dejé el cuerpo. Lo hice solo. No tengo a nadie a quien proteger.
Pero ese hecho no fue lo más extraño. Lo peor fue cuando ella vino a mi propia celda. Vino con los policías. Decía haber pasado toda aquella noche en casa, con su hermano, esperando mi llamada. No estaba alucinando (no, en aquel momento). Todos la veían, hablaban con ella… era ella, estaba ahí en carne y hueso sin un maldito rasguño.
Doce puñaladas. Exactamente doce puñaladas fueron las que le dí con aquel cuchillo de caza que me regaló mi padre a los 16 años. Dame un dibujo del cuerpo humano y te señalaré donde cayó cada una de ellas.
Si, fue a sangre fría. Decidí matarla porque sabía lo que nadie debía saber.
No. Tú tampoco vas a saberlo. ¿O es que quieres que tenga que matar a más gente? ¿Has pensado que esta vez podría ser de verdad? No. Ese secreto me lo llevaré a la tumba.
Y ahí estaba. Me miraba sorprendida y tranquila. Parecía que no sabía a quien tenía delante. Parecía que… ¿ha olvidado aquello? ¿Cómo? ¿O es que simplemente no le importaba?
Me soltaron. Me dijeron que me lo había imaginado todo…

Me desperté. La había matado.


Dibujos.

Cárcel.
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Imagen Interpretación un tanto libre de mi relato a base de pastel.


Melón.
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Imagen Hecho en el transcurso de una de las lecciones introductorias de New Art Academy.


Fénix.
Spoiler: Mostrar
Imagen El primer dibujo que hice nada más encender el programa.


Pájaros.
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Imagen Volado voy, volando vengo y dibujando me entretengo.


Semielfo.
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Imagen Cosas que salen al preparase un PJ para D&D.


Neas
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Imagen Mi personaje del Rol.
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Dragon Quest IX: The Fallen.

Notapor Neas » Sab Dic 22, 2012 7:07 pm

Revivo mi abanndonado post de FanPlace (por todo menos desgana) para anunciar un FanFic de Dragon Quest IX. La idea me vino al empezar a jugarlo hace poco y tras haber estado dándole duro a Skyrim con sus expansiones. Lo que pretendo hacer básicamente es reconvertir el argumento original del juego a una temática más realista y oscura añadiendo y variando algunos elementos para que quede mejor y desarrollando lo nulos personajes principales. Algo importante a destacar en este apartado es el tema de los nombres que, dado el componente humorístico que hay en muchos de ellos, variarán en muchos casos (por ejemplo, los celestiales tienen sus nombres de la versión inglesa).

Aquí va el primero de tantos capítulos de la historia. Espero que no os ardan los ojos y os invito a comentar todo lo que veais oportuno.

Capítulo 1: Ángel Caído.

Spoiler: Mostrar
¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Si hay alguien, que conteste por favor. Muéstrate.
Así, entonamos nuestras súplicas al cielo esperando una respuesta que nunca llega…
Y sin embargo, todos creemos en ellos, los celestiales…
Siempre han estado ahí…
Protegiéndonos de las atrocidades que surgen desde la más profunda oscuridad que puebla este mundo.
…Hasta ese día.


* * *

—Has llegado muy lejos, Phoenix. —Una voz de sobra conocida para el novato Ángel de de la Guardia de Salto de Ángel resonó mientras éste subía las escaleras que le llevarían ante el gran Apus. —¿Te acuerdas de la primera vez que subiste aquí? ¿Cuándo te asignaron como mi alumno? ¿Quién me hubiera dicho en aquel entonces que acabarías tomándome el relevo en el puesto de Ángel de la Guardia de Salto de Ángel?

Sus grandes alas, la característica ropa de los Maestros y ¿por qué engañarnos? su brillante calva no dejaban lugar a dudas: el que había hablado no era otro que Aquila, el celestial que no hace mucho se encargaba de entrenar a Phoenix. Aquella era la primera vez desde que el joven de negro cabello hubo terminado su entrenamiento que Aquila lo acompañaba a la Sala del Trono. Había ido ya muchas veces ahí desde entonces pero aquella vez era distinto.

—Bienvenidos. —La profunda voz del Anciano, un respetable hombre de larga barba cana y benévola mirada, los saludó al llegar. —Traéis la Benevolescencia ¿Verdad? Parece que al gran Yggdrassil le queda poco. Necesito que vayáis y comprobéis con vuestros propios ojos lo que se me ha comunicado.

Yggdrassil, El Gran Árbol. Según relatan las leyendas, el día que, imbuido con el poder de la Benevolescencia de los mortales, sus hojas se cubran de luz y germinen los Frutos Sagrados, el Transporte Celestial aparecerá y llevará por fin a los celestiales al Reino del Todopoderoso. Incontable tiempo llevan ya los celestiales trabajando para cumplir tal profecía y ahora por fin parece estar a punto de cumplirse…

Todo el Observatorio estaba bullendo con tal rumor y era un verdadero honor poder participar en lo que podría ser el preludio de su cumplimiento. Subidas las numerosas escaleras que llevaban al Árbol que coronaba el palacio flotante, había llegado el momento de la verdad. Con las manos en alto, los dos ángeles invocaron los tenues cristales que surgían del alma humana al sentir un profundo agradecimiento hacia sus invisibles protectores y los colocaron en las raíces del majestuoso vegetal que se alzaba ante ellos.

Poco tuvieron que esperar Aquila y su alumno para ver clara la veracidad de esos rumores. El Árbol, al absorber la Benebolescencia, empezó a brillar con una tenue luz echando de pronto nuevos esquejes, desarrollándose después de tanto tiempo inmóvil…

Todo el Observatorio quedó vacío al poco de enterarse Apus de la noticia. Todos, incluido el mismo Anciano, bajaron al Protectorado. Había que recolectar Benevolescencia y cuanta más y más rápido, mejor. Por fin lograrían los celestiales librarse del martirio de proteger a aquellas débiles e insignificantes criaturas. Por supuesto, había celestiales que les tenían cariño a los mortales pero eran pocos y, según Phoenix, los más inútiles.

Fueron unos días perfectos para los mortales. No hubo accidente, el tiempo era el mejor deseable, la gente sanaba milagrosamente… Y el árbol Yggdrassil creció y floreció con siete inmensas flores blancas. Así, pasaron varias semanas. Continuo trabajo duro para lograr la maduración de los Frutos Sagrados.

Y finalmente llegó el momento. Una noche más regresaba Phoenix al Observatorio e iba a entregar la Benevolescencia al Sagrado Árbol para contribuir a la maduración de los ya colgantes dorados frutos pero aquella vez era distinta. Aquella vez todo el Observatorio estaba ahí, contemplando al Gran Árbol emitiendo una increíble aura de luz.

—Llegas en el momento perfecto, Phoenix. —La voz de Apus hizo callar hasta el más mínimo susurro entre la ansiosa multitud. —Eres el último. El Gran Árbol está a punto de florecer.

Obedeciendo a la orden no hablada del Embajador de Zenus, Phoenix depositó los cristales en las raíces de Yggdrassil y todos pudieron contemplar la maduración final: el árbol de pronto detuvo su brillo y los Frutos Sagrados tomaron el relevo con una casi cegadora luz dorada. La profecía había empezado a cumplirse y no tardaría en continuar con tal proceso pues el Expreso Celestial cortó el nocturno cielo como un rayo de esperanza dorado. Voló alrededor de todo el palacio y acabó deteniéndose al lado de la orilla del Segundo Anillo, destinado precisamente a su estacionamiento.

Los celestiales no tardaron en reaccionar y, llenos de júbilo corrieron hacia la puerta del Transporte que se abría lentamente dejando entrever un lujoso interior…

Ninguno logró entrar. De pronto, todo se volvió caos. Primero fue el propio Expreso Celestial y más tarde el resto del Observatorio fue pasto de unos extraños haces de luz negra surgido de debajo de las nubes que cubrían el Protectorado.

Pero ese no sería el mayor problema de los celestiales. Una inmensa columna de luz se alzó atravesando el Observatorio y llevándose consigo incontables vidas. Los que pudieron sobrevivir, resistían como podían a la potente corriente de energía que esta desprendía al expandirse más y más. Estaban todos al límite. Phoenix, que era el que más cerca estaba de la columna, empezaba a perder fuerzas, a soltarse lenta mente. Aquila, Apus, todos los que lo vieron intentaron salvarle.

Nadie fue capaz. El joven Ángel de la Guardia cayó en la densa bruma de nubes negras que rodeaban el maltrecho palacio y desapareció quizás para poco, quizás para siempre.


Más la semana que viene.
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Re: Lo que mis neuronas den de sí.

Notapor Neas » Lun Dic 31, 2012 6:33 pm

Co un día de retraso, traigo aquí el segundo capítulo. Espero que os guste y que comenteis lo que veais necesario

Capítulo 2: El Fantasma.


Spoiler: Mostrar
Informe de daños.
4º día de la 8ª Luna Menguante del año 3842 de la 7ª Era. 9 horas tras La Columna.
2º General de la Guardia Celestial. Volans.

1. Observatorio.

—Porcentaje de daños del Observatorio: 37.32%.
Porcentaje de reparaciones del Observatorio: 1.24%.
—Tiempo estimado de reparación completa: 452 días.
—Anotaciones: Núcleo muy dañado. Tenemos a cuatro Sacerdotes Celestiales ocupándose de mantener el Observatorio estable. Las reparaciones van a durar más de lo imaginado en un principio.

2. Celestiales.

—Total de Celestiales: 88.
—Celestiales dados de alta: 21.
—Celestiales dados de baja: 48.
—Celestiales desaparecidos: 7.
—Celestiales muertos: 12.
—Porcentaje del Protectorado rastreado: 22.38%
—Anotaciones: No se a procedido a la resurrección de Celestiales debido al gran número de heridos a atender y a la necesidad de mantener el Núcleo estable. Se prevé tener al menos 2 Sacerdotes Celestiales libres para la Luna Nueva.


* * *

Dolor. Una sensación que Phoenix nunca había conocido y que ahora inundaba completamente su cuerpo. Al ir tomando poco a poco conciencia de su cuerpo, se pudo dar cuenta de que su cabeza y gran parte del torso estaban envueltas en húmedas telas. Vendas ensangrentadas.

Al abrir los ojos, pudo verse en una habitación mortal, sobre una de esas duras camas en las que los humanos necesitan perder el poco tiempo que tienen para poder seguir viviendo. La habitación resultaba lúgubre pues sólo poseía una pequeña ventana y el color grisáceo que habían tomado las desgastadas paredes no ayudaba a difuminar esa sensación.

Phoenix conocía esa habitación, de hecho, se había leído por puro aburrimiento todas las chorradas de libros que había en la pequeña estantería baja que a la vez servía de mesilla de noche y que, a parte de la cama, constituía el único mobiliario de la estancia. Aquella era la habitación de Edward, el fallecido padre de Erinn, la posadera.

Intentó levantarse pero un penetrante dolor le cruzó la espalda y, no sin soltar un leve gemido, acabó por quedarse acostado y, por desgracia para Phoenix, tal ruido había llamado la atención de la que lo había acogido.

—Vaya, ya has despertado. ¿Estás bien? Tú… ¿Habías caído por la cascada? —La preocupada voz de la muchacha se vio interrumpida por la gélida mirada del celestial hacia su persona. —Oh, lo siento. Supongo que necesitarás descansar. Y… si ves que necesitas algo avísame. Si no estoy ya me lo hará saber el abuelo así que tranquilo... Bueno, te dejo descansar. Hasta luego.

Al irse la chica de pelo ceniciento, Phoenix no tardó en comprobar lo que más se temía: echándose las manos a la espalda, descubrió la total ausencia de sus alas. Lo único que le quedaba eran dos enormes heridas en carne viva cubiertas por sucias vendas empapadas en una sangre que se suponía jamás debía de ser derramada. Tampoco sentía ya el poder que le proporcionaba su halo. En el fondo lo sabía: seguía siendo celestial, seguía siendo superior a todos esos malditos mortales causantes, seguramente, de la catástrofe que lo había hecho caer, aún así, ya no podía contar con igualarse a uno de los suyos.

Así pasaron los días. Phoenix, cuyas heridas sanaron al tercero, intentó en un principio ignorar a los mortales pero el hambre y el sueño (nuevas sensaciones para el celestial), aunque menos frecuentes que en los humanos, acabaron por doblegarle y tuvo que ir asimilando su nueva posición en el mundo. El mundo, por cierto, había sufrido un grandísimo terremoto. No era el único, claro, pero uno de los mayores problemas que causó fue el desprendimiento del paso que permitía salir de aquel lugar. Otro acontecimiento destacable fue la desaparición de Ivor, el hijo del alcalde. Nadie se atrevió a ir a buscarlo por las amenazantes criaturas que campaban ahí fuera pero estaba claro que a estas alturas el joven ya estaría muerto.

Phoenix solía pasar los días sentado en un saliente al lado de la cascada, cerca de la estatua de un anciano alado que, se suponía, le representaba a él, al Ángel de la Guardia de Salto de Ángel. Esperaba que lo encontrasen, que le llevaran de nuevo al Observaborio. Esperaba volver a ser un verdadero celestial.

Dos semanas pasaron y nada sucedía pero una noche, sentado mirando el cielo, Phoenix advirtió algo extraño: un llanto. Se oían débiles gemidos provenientes del islote que unía los dos puentes que cruzaban el río. Aunque trató de ignorarlo al principio, el joven celestial acabó cediendo a la curiosidad y miró hacia el lugar.

Lo que vio fue lo que menos se esperaba: nada. Ahí no había absolutamente nada. Lentamente, Phoenix se fue acercando, estuvo un rato dando vueltas... Nada. El muchacho estaba seguro de que la voz provenía del islote pero no había ni rastro del que la emitiera.

—Ho-¿hola?

Phoenix lo sabía. Sabía que aquella voz podía pertenecer a un fantasma y, si así era, por fín podría demostrarse a sí mismo que aún quedaban esperanzas. Que aún había una manera de regresar.

—*Snif* ¿Eh? ¿Me puedes oír? *Snif* Pero…

—Muéstrate espíritu. Soy un celestial. Es normal que te oiga.

—Pero si… Estoy aquí, delante de ti. Y yo… Imaginaba que tendrías alas o algo.

Nada. No veía a nadie. Las afirmaciones de la voz tampoco eran alentadoras, aún así, Phoenix no se rindió. Le daba igual no poder verlo. Con oír a aquel hombre muerto le bastaba para sentirse mejor, para sentirse superior.

—¿Quién eres? ¿Por qué sigues en este mundo?

—Mi nombre… Soy Edward, padre de Erinn, Quizás la conozcas, trabaja en la posada.

Phoenix permaneció en silencio, escuchando la historia de aquel hombre. Nunca lo había conocido pues no llevaba más de dos meses de servicio como Ángel de la Guardia de Salto de Ángel pero sabía de su existencia por los informes de Aquila. Tras una breve pausa el invisible interlocutor siguió hablando.

—Vine aquí poco después de la muerte de mi esposa. Murió por una grave enfermedad y Erinn, que en aquel entonces no levantaba más de un palmo, empezaba a presentar los mismos síntomas… Oí que las aguas de este pueblo eran milagrosas así que me aferré a esa última esperanza y me mudé a este pueblo. Como ves, valió la pena. La muchacha ahora está más sana que un roble. — La satisfacción del hombre en este sentido era indudable, aún así, algo no le seguía preocupando. Tras un largo suspiro, continuó hablando. —Por desgracia, al mudarme aquí, tuve que dejar mi mayor sueño para salvar a mi hija. Antes vivía en Pedranía. Tenía una gran posada ahí. Era la mejor de todo el continente y tuve que abandonarla… Ahora, habiendo crecido, sé que Erinn podría llevarla adelante y por eso logré que Patricia, que es la que lleva actualmente la posada, acabase decidiéndose a venir a verla. Por desgracia decidió salir en el peor momento y el paso que llevaba aquí quedó bloqueado por un desprendimiento. ¡Y va la loca y decide meterse en el Hexágono! Hace años que no lo cruza nadie y está infestado de monstruos. Fui a comprobar cómo estaba ¡y resulta que el camino está cerrado! Intenté activar la palanca pero está demasiado oxidada para mi fuerza de muerto.

—Y quieres que yo me meta en ese atolladero y abra la puerta. Olvídalo. Tengo que quedarme aquí, estoy esperando a un compañero.

—Así que has caído del cielo y no puedes volver ¿eh? — Aquellas palabras descolocaron suficientemente al celestial como para que al fantasma le diese tiempo a volver a hablar. —Cerca del otro lado del Hexágono he encontrado una extraña locomotora que nadie parece ver. Estoy seguro de que, si eres lo que dices ser, te puede result…

—¿¡Un tren!? ¡Tengo que ir a verlo!

No le dio a Edward ni tiempo de parpadear cuando el joven antes alado salió corriendo en dirección al único almacén de útiles del pueblo y no pasaron ni dos minutos cuando salió... Por la ventana. Corría como un poseso perseguido por el vendedor. Aún así, y por mucho que lo intentara el pobre William, no pudo seguirle cuando el ladrón se metió en el agua y se ayudó de la corriente para acelerar.

Así, Phoenix logró escapar del pueblo que antaño fue su dominio y, vestido con simples vestiduras de cuero y un pañuelo azul por bufanda y armado con la oxidada espada del dueño del almacén, se dirigió al Hexágono en busca del Expreso Celestial.


(No. No me he equivocado al escribir Patricia)
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Re: Lo que mis neuronas den de sí.

Notapor xXOrbOOkXx » Mar Ene 01, 2013 9:34 pm

OoO es preciosoooooo... (?) Ejem...... bueno, claro está que es muy..... no sé (?)
~Un cuarto de hora de risa, equivale a un año más de vida...~


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"La Cité des Cloches" Somnia (Segundo encuentro - Saga La musique du Silence)
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Re: Lo que mis neuronas den de sí.

Notapor Neas » Lun Ene 07, 2013 2:26 am

Vuelvo e nuevo a la carga con un nuevo capítulo de DQIX:TF. Espero que os guste y que comenteis.

Capítulo 3: El Hexágono.


Spoiler: Mostrar
El nacimiento de los Frutos Sagrados anuncia la apertura de las Puertas del Cielo y conduce a los celestiales por el camino de la salvación.
Y, loado sea, será en el transporte celestial que nosotros, los celestiales celestiales, viajaremos al Reino del Todopoderoso.


* * *

Desde traidoras ortigas que salían del suelo sin previo aviso hasta cobardes arqueros sin rostro ni piedad acechaban en las sombras pero lo que más poblaba aquellas tierras eran las frías y viscosas gotas sonrientes que la gente llamaba limos. La travesía fue dura pues, aunque Phoenix se conocía aquellas tierras como la palma de su mano, aquellas criaturas habían dejado de ser puras ilusiones que desaparecían con la sola presencia del celestial para convertirse en un brutal desafío en el que el joven se veía en clara inferioridad.

Al llegar a la derruida entrada del paso subterráneo, el sol a estaba asomando y Phoenix se encontraba cansado como poco. La espada del vendedor se había roto no mucho después de empezar la travesía. Por suerte, pudo usar la que el difunto Ivor dejó tras de sí y había empezado a notar como sus fuerzas volvían a él para ir regenerando lentamente sus heridas.

Dentro del ruinoso paso reinaba un aparente silencio salpicado por goteras. El suelo, de hecho estaba prácticamente inundado y las hiedras dominaban las grisáceas paredes del largo pasillo. Más adelante se podía apreciar un portón de hierro cerrado. Seguramente, ese era el bloqueo al que el fantasma se refería.

Y aunque para un muerto fuese imposible, Phoenix movió con bastante facilidad la vieja palanca que lo regulaba. Al poco de hacerlo y de empezar a abrirse las enormes puertas, un corto pero desgarrador chillido cortó el aire.

Antes de que las puertas lograran abrirse, Phoenix pudo vislumbrar a una mujer de pelo negro y algo ligera de ropa levantándose en la penumbra del otro lado mientras evitaba que las puertas la atropellaran. Antes de que el muchacho pudiera pronunciar nada, la desconocida ya estaba hablando.

—¡Oye guapísimo! ¿Qué haces aquí? ¡De todas formas gracias por abr…!

Un empujón. La mejor solución que pudo encontrar Phoenix a aquella chillona voz. Apartó a la mujer de su camino y, por mucho que esta siguiera hablando e intentando llamar su atención, siguió caminando sin echar la vista atrás.

Perdida de vista la que, suponía Phoenix, tenía que ser Patricia, el joven avanzó por los claustrofóbicos corredores que componían el Hexágono. El lugar tampoco estaba exento de extrañas criaturas. Aves mecánicas a modo de guardianes, murciélagos de pura oscuridad, antorchas animadas… Por variedad no sería por lo que se quejara el celestial, más bien por su dureza. No solo resistían más que los azulados limos sino que el mismo entorno cerrado dificultaba bastante el combate.

Pero lo peor aún estaba por llegar. Poco antes de que el joven empezase a plantearse seriamente el volver a descansar, todo el lugar comenzó a estremecerse al ritmo de fuertes y secos temblores. Acelerando el paso el muchacho siguió recorriendo aquellos infinitos túneles pero poco pudo avanzar antes de encontrarse con el origen de los temblores. Un origen difícilmente esperable.

Una inmensa mutación de un carnero avanzando por los pasillos a tremenda velocidad estaba empezando a derruir todo el Hexágono y ni siquiera le dio tiempo a Phoenix de esquivarla antes de que esta le embistiera. Del golpe la bestia levanta por los aires al muchacho, cae y por poco no evita la siguiente acometida.

El animal de pelaje dorado es enorme así que el joven logra escabullirse entre sus patas. Un golpe en la panza. Otro. Un tercero contra las patas… Nada. Su hoja no lograba ni cortar el pelaje. Aún con esas, la rendición está lejos de encontrarse en la mente de Phoenix.

Esquivando como pueda y tragándose las coces que no pueda evitar, el muchacho finalmente logra llegar a colocarse bajo la cabeza del animal. La estrategia estaba clara: atacar al cuello. Su ejecución, no tanto. Antes de que Phoenix lograse propinarle un buen golpe, el animal había logrado cocearle, embestirle y hasta morderle. Así, hecho polvo, el celestial tuvo que dejar de lado las intenciones de enfrentarse al monstruo e hizo lo único que podía hacer en esos momentos: correr.

La huida fue larga e improductiva. Aunque ya se viera la luz del final del túnel, la salida ya se había derruido. La bestia avanzaba sin piedad y el tiempo se agotaba. Entonces, el cuerpo de Phoenix actuó antes que su mente. Acercándose al recodo más cercano a la salida, atrajo a la bestia, la incitó a atacarle y esperó.

Cuando su mente empezaba a volver a tomar conciencia de la situación, otro impulso incontrolable le hizo saltar hacia los bajos de la criatura dejando a esta empotrarse en la pared derruyéndola.

Con una velocidad solo digna de un celestial y unas ganas de salir vivo que ningún inmortal podría imaginar, el joven se lanza adelantando a la bestia logrando escapar justo antes de quedar sepultado bajo el derrumbe. La bestia, por suerte, no llega a salir.

Por fin en el exterior y aunque tenía muchas ganas de encontrar el tren, el agotamiento del muchacho le obliga a cambiar de destino: una ciudad se vislumbraba a lo lejos y hacia ahí se dirigió el, irónicamente, moribundo celestial.
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Re: Lo que mis neuronas den de sí.

Notapor Neas » Dom Ene 20, 2013 9:09 pm

Sé que va con una semana de retraso pero ya meteré 2 cap en un futuro para equilibrar .:)

Capítulo 4: Mal Despertar.


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El reposo del misionero.
Posada de Pedranía. Ganadora del Premio al Descanso Real 11 años consecutivos (6985-6996 d. B).


* * *

Cuando Phoenix abrió los ojos en aquella enorme y fría posada, la luna aún seguía coronando el cielo. El antiguo Ángel de la Guardia no podía dormir. Al menos no con el jaleo que había fuera.

El celestial trató de dormirse otra vez pero no hubo manera. Los gritos y golpes de la calle, preocupantes para cualquiera en su sano juicio, importaban bien poco al muchacho pero el insomnio ganaba terreno y acabó por hacerle salir a la calle.

Un mar de armaduras, un mar de espadas y gritero… Un mar de sangre. Eso fue lo que vio el muchacho de negros cabellos.

Negros. Pero no tanto como la armadura del que iba dejando tan horrible estela detrás de sí. Un imponente lancero sobre un caballo completamente cubierto de mantas color medianoche avanzaba fiero, sin detenerse, sin emitir ruido siquiera. Arrasaba a todo lo que se le ponía por delante. Firme en su empeño por llegar al castillo de la ciudad.

El ejército estaba en las últimas. Casi todos los hombres caídos. Los arqueros impotente por no lograr causar mella alguna, los cañoneros rezando para no tener que descargar su fatal artillería contra su propia ciudad…

Finalmente tocaban las doradas herraduras del caballo el puente de entrada. Con la caballería destrozada, la mismísima Guardia Real deteniéndolo ante las puertas. Barriles de ardiente aceite lloviendo desde el cielo, magos urdiendo sus extraños encantamientos… Nada.

Llegaban por fin los primeros disparos. Impactaban prácticamente a las puertas de la fortaleza arrasando edificios, rompiendo estatuas… Matando incluso a los desdichados heridos que ahí estuvieran tirados…

Todo en vano. El jinete, sin desmontar siquiera, se adentró en las luminosas estancias del palacio dejando tras de sí una estela de agonía y destrucción.

Y fue una de esas agónicas voces la que se hizo oír para Phoenix. Un guarda con un inmenso escudo destrozado, retorcido de dolor y gimiendo entre espasmos. Repitiendo una y otra vez las mismas palabras:

—Un cadáver. Un c-cadáver…

La vida del hombre ya no tenía salvación pero sus extrañas palabras, llenas de terror y desesperación, lograron penetrar hasta en el velo de indiferencia del aún somnoliento muchacho. Había visto toda clase de inmundicias plagar las extensiones del Protectorado pero si aquel caballero de verdad estaba muerto, no había oscuridad que pudiese haberlo provocado sin una mano detrás y si era capaz de controlar a los muertos nada le aseguraba que no estuviese tras el ataque que destrozó su hogar.

El muchacho no dudó demasiado. Se lanzó haca el castillo, tras los pasos del caballero. Bien comprendía los peligros de esto, aún así, esperaba al menos lograr corroborar con sus propios ojos la veracidad de aquellas espasmódicas palabras que ya habían cesado para siempre.

—¡No! ¡Mi niña no!

La voz de un desesperado hombre retumbaba en la imponente Sala de Tronos. El Rey, sin más que dos guardias personales, oponía las últimas resistencias al oscuro jinete. El pobre viejo ya no podía más cuando Phoenix entró en la estancia decorada en oro.

El joven se lanzó con la espada en alto a por el jinete y su montura y asestó un fuerte golpe en los cuartos traseros del caballo. Sorprendentemente, rebotó como si de acero puro se tratase. Desde luego no en vano nadie fue capaz de herir al montaraz pues bien protegido estaba por negra magia. Aún así, tal ataque sí que fue suficiente para que Phoenix viera lo que se temía.

Tras la fría máscara de metal no se vislumbraba más mirada que la de dos huesudos agujeros de una inigualable negrura. Aún paralizado por tal visión Phoenix no pudo siquiera ver venir la lanza y cuando se quiso dar cuenta la bufanda azul celeste ya roja era.

Ahora, solo el Rey quedaba en pie. Tratando este de hacer lo posible para salvar a su hija, acabó fatídicamente bajo los cascos del caballo. Crujiendo sus vértebras, haciéndose polvo sus pulmones y corazón, soltó el hombre su último respiro y urió con los ojos aún abiertos.

¿Y la princesa? ¿Lloraba despavorida? ¿Huía? No. Para sorpresa de vivos y muertos, había subido a los lomos del esquelético caballo sonriendo levemente despreocupada.

Ahora sí, la princesa, junto al caballero, huía sobre su caballo a toda velocidad. Sin pensarlo, Phoenix intentó seguirlos pero la increíble velocidad del corcel y la alfombra de cuerpos muertos y moribundos hicieron vanos sus intentos.

—J-joven, tienes que ayudarnos. Por favor —Dos guardias se acercaban al celestial. —Sé que es arriesgado pero… solo somos unos pocos. Necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Tiene que entenderlo, le recompensaremos…

—Iremos a por él.

Esto tenía algo gordo detrás, estaba claro. Algo así no podía ser ignorado por los celestiales y Phoenix tenía que estar aí cuando aparecieran. Los humanos conocían la zona y sus estado actual tampoco le permitía jactarse de poder avanzar solo. Había que aceptar. No quedaba otra.
Neas
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Re: Lo que mis neuronas den de sí.

Notapor Neas » Mar Mar 19, 2013 10:15 pm

Buff por fín asomo la cabeza entre libro y libro para continuar con esto.

Capítulo 5: El Reino Maldito.


Spoiler: Mostrar
Arre, arre.
¡Y arre otra vez!
El Caballero Blanco en su corcel cabalga.
En su destino el mal le aguarda.
Si consigue derrotar a la bestia malvada,
Volverá a desposar a su amada.
La ciudad se inunda de alegría.
Preparan una fiesta con gran algarabía.
¡Pero ay! ¡Una tragedia acontece!
Pues el Caballero Blanco no aparece.
Pájaro, norte, a Finado,
Decidle que su caballero ha volado.
Pájaro, norte, a Finado,
Decidle que su caballero ha volado…
Nana de un reino olvidado.


* * *

El sol había emprendido ya su diario viaje por el cielo pero ahí, en aquellas yermas tierras, todo seguía oscuro.

Un pequeño escuadrón compuesto apenas por diez personas, atravesaba cautelosamente aquel paisaje muerto. Vestidos todos con las armaduras de Pedranía, su misión nunca fue ordenada por el Rey pero estaba más clara que nunca: salvar a la princesa del reino.

Bueno, no todos iban con esa intención. Destacaba entre ellos, hombres curtidos en batalla, con barbas y cicatrices, un joven de negros cabellos y fría mirada. Avanzaba junto al resto equipado con el mismo uniforme, un escudo y una lanza más dispuesto a luchar que ninguno de sus nuevos compañeros pero no por el reino sino por su propia liberación.

A cada paso que daban más claro se hacía que, por muy falto de vida e incluso de monstruos que estuviese aquel lugar, no estaban fuera de peligro: más densa a medida que se acercaban al abandonado castillo, una inmensa guardia de esqueletos les dificultaba el paso. Arqueros, escuderos, espadachines, jinetes… Si esto antes fue un reino, no debía quedar habitante sin haber sido convertido. Con tanta cantidad de nigromancia, tarde o temprano los celestiales habrán de fijarse en este lugar. O eso quería creer Phoenix.

—¿Estáis listos? vamos a entrar en el castillo. Esta es probablemente la última oportunidad que teneis de daros la vuelta y largaros. —Nadie respondió. —Bien. Entremos pues. No sabemos lo que nos podemos esperar ahí dentro así que no bajeis la guardia ni por un segundo.

El maldito bosque se había cobrado ya a tres compañeros y el bueno de Henry no quería más víctimas. Así, con solo un soldado desertor, por fin se pusieron en marcha.

El avance se hacía imposible. Con todo el lugar plagado de hordas de guardias hechos únicamente de metal y hueso, los valientes guerreros se abrían paso sin tiempo siquiera de bajar la espada.

El castillo estaba completamente destrozado. Las torres apenas se sostenían, los puentes estaban ya rotos y los sótanos inundados de un pestilente líquido de agua y podredumbre. Todo estaba sembrado de cadáveres como si hubieran muerto todos de golpe, ocupados aún con sus quehaceres diarios, sin saber lo que les esperaba instantes después.

—Anda, pero si tenemos compañía…

La suave voz acompañada del fuerte chirrido de la puerta fue lo primero que oyeron al entrar en aquella sala. Lo primero que vieron… fue también lo último. Uno de los guardias fue atravesado por un lanzazo. La puerta fue lanzada hacia la oscuridad del pasillo de que venían… y el que la abría, junto con ella. Otros dos simplemente fueron pisoteados. Henry que, a pesar de ser un soldado raso más, era el que había organizado la partida, tuvo el peor destino de todos: una extraña esfera violácea se introdujo en su cuerpo y el pobre hombre tuvo que ver con los ojos desencajados como atacaba al último de sus hombres sin poder hacer nada para impedirlo.

El primer golpe falló de milagro, el segundo lo detuvo con el escudo, el tercero… lo lanzó Phoenix. Decapitó a su nuevo enemigo.

Habiendo quedado ya fuera de combate los guardias, el muchacho por fin pudo concentrarse en la sala a la que acababan de llegar. Oscura y destrozada, estaba iluminada únicamente por cuatro antorchas. Los restos de una antaño púrpura alfombra cruzaban la estancia desde la puerta hasta…

El trono, un ruinoso asiento, y la joven princesa huida sentada sobre él. Miraba fijamente al joven celestial con ojos de un fino cristal azulado sin sentimiento alguno reflejado en ellos. A su lado el caballero de negra armadura dejaba un rojo charco de sangre que resbalaba por su lanza. Esperando órdenes.

Y la orden llegó.

Un inaudible susurro bastó para que el jinete se lanzase al galope a por el muchacho. Este no tuvo otra opción: se lanzó hacia delante, pasando entre las piernas del caballo, bajo el manto.

Entonces, acorralado entre cuatro furiosas piernas moviéndose a una inimaginable velocidad, el tiempo se detuvo para Phoenix. Ahí estaba: el único punto débil de aquella monstruosa criatura. Un vientre podrido, sin a penas restos y las costillas perfectamente visibles. Sin pensárselo, se las arregló para utilizar su lanza y golpear de un tajo a la bestia.

La artimaña le costó cara al joven guerrero pues el caballo pisó con fuerza su pierna derecha y la cabeza empezaba a sangrar por una fuerte coz. Por otra parte, la bestia también había sufrido. Con el vientre dañado, el jinete se sentía más pesado y su equilibrio empezaba a peligrar. Aún así, esto no detendría al muerto siervo de la niña. Había emprendido una nueva embestida y esta vez su lanza detendría cualquier intento de repetir la estrategia.

El muchacho, con la pierna destrozada, apenas pudo esquivar aquel ataque, cuando el siguiente ya estaba preparado. No había tiempo ni oportunidad para enfrentarse a aquel espantoso ser y la huida tampoco funcionaría. Phoenix sólo tenía una oportunidad: atacar a la niña.

Sólo unos metros lo separaban de ella. Los pocos metros más difíciles de su vida. Avanzaba con dificultad, los ataques del maldito caballero crecían en furia con cada centímetro que lograba acercarse a la niña. Esta a su vez se preparaba para defenderse.

No le dio oportunidad. Viendo que no llegaba a tiempo, Phoenix lanzó su arma. Acertó en la cabeza.

La niña se desplomó y el caballero también. Sin embargo, el celestial tuvo que sufrir el mismo destino. Cayó al suelo y la enorme empuñadura de la lanza sobresalía de su espalda.


Bien, esta vez el final recuerda un poco a Hamlet. Comentad a ver qué os parece. Espero sacar un rato en Semana Santa para continuar con esto.
Neas
14. Armadura
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