[País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Ban y Gata; Light, Bavol + Fyk

La aparente traición de Tierra de Partida en un acuerdo de paz provocó el anuncio de la guerra por parte de Bastión Hueco. Los aprendices deben enfrentarse entre sí, entre antiguos amigos y compañeros. ¿Cómo lograrán sobrevivir cuando otras amenazas acechan?

Moderadores: Suzume Mizuno, Denna, Astro, Sombra

[País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Nell » Mar Ago 12, 2014 1:19 am

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Bienvenidos a la Trama «No voy a llorar», donde derramar una mísera lágrima será penalizado. Esto no es una broma. ¡Espero que la disfrutéis!


Todo empezó con una orden:
«Mátalos»


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Antes de que toda su vida diera un vuelco, incluso dentro de su estilo de guerrera, se había permitido ser coqueta en los momentos más especiales. Era un capricho que había perdido en los últimos años. Sin embargo, aquella noche se dejó llevar por un arrebato. Se plantó frente a la cómoda, escogió el único vestido que había comprado desde que llegara allí, y se lo colocó. Después, se sentó frente al espejo y comenzó a retocarse.

El pelo le había crecido, por lo que se recogió la mayor parte del flequillo detrás, para revelar la mitad de la cara que este solía taparle, con un tocado plateado con forma de flor de lis. Eligió unos pendientes de azul marino al azar y empezó con el maquillaje.

Durante la lenta preparación, llamaron a la puerta.

Era Daichi, naturalmente. Le había estado esperando. De hecho, no podía irse sin lo que él tenía que traerle. Le hizo pasar y le observó a través del espejo. Llevaba de nuevo esas ridículas gafas de sol que ya le había tirado por la ventana una vez (con celo en el puente de la nariz, donde se le habían roto). Pensó, con amargura, que en esta ocasión tendría que aguantarlas.

Estás ridículo —le recriminó.

Lástima que no pueda decir lo mismo de ti —la miró de arriba abajo—. ¿A qué se debe el cambio?

Se encogió de hombros.

Me apetecía.

Ya.

Los dos sabían que mentía.


Tierra de Partida


Fue el azar del destino lo que les hizo coincidir a Light, Bavol y Fyk en el mismo pasillo del castillo de Tierra de Partida, cuando iban los tres (juntos o por separado) a cenar. En ese preciso instante, pasaba Yami revoloteando (literalmente) con algo de torpeza de aquí para allá en la dirección contraria. Y por supuesto, al verlos, les atrapó estirando los brazos para abarcarlos.

¡Os deseamos un hermoso día, aprendices! ―les saludó alegremente, como era habitual en ella―. ¿Y acaso no es bonito? Incluso si ya está acabando, ¡no importa! Mañana a esta hora será igual. Un día bonito que acaba. ¡Pero el de hoy lo es más… por esto!

Sacó con elegancia varias entradas de una de las mangas de su kimono, extendiéndosela a los tres aprendices. Las zarandeó en el aire, llegando a ponérselas bajo la nariz a todos en algún momento.

¡Cogedlas, cogedlas! ―les instó con entusiasmo―. ¡El día es bonito porque las recibí! Pero, ¡ay de nosotras! Ya la fuimos a ver. Preciosa. ¡No os la podéis perder! ¡Si lo hacéis, os arrepentiréis! Además, esto es un regalo. Son de una vieja amiga. ¡No muerden!

Quizá alguno hubiese oído que no era la primera vez que la Maestra hacía algo así. De hecho, recientemente se había llevado a unos cuantos aprendices consigo a un baile, obteniendo las invitaciones quién sabía dónde. Sin duda, estaba empezando a ser la Maestra referente a lo que en arte y ocio se refería.

Una vez hubiesen cogido una, comprobarían con sorpresa qué eran: entradas para la ópera más publicitada, famosa y refinada, la que estaba en boca de todos, para bien y para mal. Habrían escuchado tanto alabanzas como críticas de semejante obra artística, pero sobre todo habrían oído los rumores que hablaban de leyendas entorno a la «bendición de la ópera», un encantamiento hacia aquellos que la veían. Dependiendo de la versión, este te ayudaba a encontrar el amor verdadero, te convertía en un gran guerrero, te concedía un don único o te brindaba poderes especiales.

Por supuesto, aparte de las opiniones artísticas, también las había sobre estas leyendas. Por ejemplo, Yami parecía encantada. En cambio, era bien sabido que Akio detestaba estas habladurías y las acusaba de «añadir pájaros fofos a las cabezas ya atolondradas de esos aprendices», porque no creía en ninguna de ellas. Él mismo aseguraba no haber sufrido ningún «cambio» después de haber asistido a una representación. En la cual, por cierto… se durmió.

No obstante, había que reconocer que la entrada denotaba buen gusto. Aparte del número de expedición (y limitado), estaba de fondo el logo de la propia obra: unas flores y un guerrero inclinado sobre una montura con el título de la ópera: The Dream Oath.

¡Tenéis que ir! ―insistió Yami―. ¡Y un amor llamará a vuestra puerta! ¡Como ocurrió a la nuestra!

Sonrió bobamente, como si estuviera de nuevo ensimismada en su propio mundo, y pasó a su lado sin prestarles más atención, mientras comenzaba a canturrear. Se paró cuando estaba a punto de perderse de vista para gritarles:

¡Y llevad vestimenta adecuada, o no os dejarán pasar!

Acto seguido, siguió a lo suyo.

Tendríamos que haber esperado, sí, sí… E ir a verla con ella… ¡Ay!, echamos mucho de menos cuando salíamos juntas al teatro, al cabaret…

Puede que Yami estuviera loca, pero a veces sabía de lo que hablaba. Si se fiaban de su consejo, tendrían que ir elegantes a la ópera (que es como se suele ir). En caso de no haber ropas así en sus armarios, encontrarían prendas en roperos comunes, en la lavandería o en algún sótano con trastos antiguos.

Eran las ocho, y en la entrada ponía que la ópera empezaría a las nueve, por lo que no podían retrasarse más.


Bastión Hueco


Daichi escribió:Para Ban,

Acabo de recibir una misión urgente y secretísima de la Maestra, y necesito que me acompañes para cumplirla.

Nuestra misión tiene lugar en el País de los Mosqueteros. Está relacionada con la obra que se está representando. No puedo darte más detalles por ahora. Nos reuniremos allí y os lo contaré todo, a ti y a Nata, que también irá; por ahora, idos adelantando.

Sé que te habría encantado asistir a la ópera en calidad de espectador, pero no he podido conseguir entradas. Diana tiene, ¡pero las vende carísimas! A 5.000 platines cada una. Últimamente no ha estado de buen humor, así que no creo que acuda. Puedes aprovechar la oportunidad para intentar comprárselas si tienes algo de dinero y suficiente labia y coraje.

En cualquier caso, da igual, porque os he conseguido a ambos algo mejor: ¡trabajo! Presentaos a las ocho y media en punto en la entrada de la ópera con las credenciales que os adjunto en esta carta. De ese modo, os dejaran pasar.

Espera a que llegue,
Daichi.

PD. ¿Sabes que hueles muy bien?


Ban le conocería. Era ese tipo, Daichi, el otro aprendiz de su Maestra Wix. Nunca había estado en una sesión de entrenamiento con él, pero a veces se pasaba por donde estaban, saludaba a la mujer y se iba. Wix nunca le había dado importancia en esas ocasiones, o cuando se le mencionaba.

Daichi escribió:Para Nata,

Acabo de recibir una misión urgente y secretísima de la Maestra, y necesito que me acompañes para cumplirla.

Nuestra misión tiene lugar en el País de los Mosqueteros. Está relacionada con la obra que se está representando. No puedo darte más detalles por ahora. Nos reuniremos allí y os lo contaré todo, a ti y a Ban, que también irá; por ahora, idos adelantando.

Sé que te habría encantado asistir a la ópera en calidad de espectador, pero no he podido conseguir entradas. Diana tiene, ¡pero las vende carísimas! A 5.000 platines cada una. Últimamente no ha estado de buen humor, así que no creo que acuda. Haz lo que quieras con esa información.

En cualquier caso, da igual, porque os he conseguido a ambos algo mejor: ¡trabajo! Presentaos a las ocho y media en la entrada de la ópera con las credenciales que os adjunto en esta carta. De ese modo, os dejaran pasar.

Espera a que llegue,
Daichi.

PD. ¿No te han dicho que tu nombre es como muy raro?



Junto a la carta, tal y como prometía, había una tarjeta de identificación con su nombre escrito a bolígrafo sobre un espacio en blanco (el de Gata estaba mal, figuraba como «Nata»), y un cargo que rezaba «EXTRA». El logo de la tarjeta eran unas flores y un guerrero inclinado sobre una montura con el título de la ópera: The Dream Oath.

Habrían oído hablar de ella, tanto bien como mal. Corrían por todas partes leyendas acerca de una tal «bendición de la ópera», un encantamiento que recaía sobre todo aquel que la viera. Dependiendo de la versión, este ayudaba al espectador a encontrar el amor verdadero, le convertía en un gran guerrero, le concedía un don único o le brindaba poderes especiales.

Por tanto, existían también opiniones dispares sobre la obra en sí. Ariasu se burlaba de todo aquel que hubiera ido a verla, asegurando que era tan empalagosa que sería capaz de rematar hasta al más sano (lo decía bajito, para no herir sensibilidades). Shinju, en cambio, estaba encantada y hablaba emocionada de su visita a la ópera. Avivaba los rumores afirmando que gracias a ella había retomado tras muchos años su afición «secreta», que nadie sabía cuál era.

En cualquier caso, debían acudir para cumplir esa misión tan misteriosa que Daichi aún se reservaba. No cabía duda de que corría prisa, porque el aprendiz había apuntado un lugar (la entrada del castillo de Bastión Hueco) y una hora muy ajustada, puesto que quedaban apenas quince minutos para que se reunieran los dos convocados y partieran juntos.

Solo quedaba una duda por resolver: las leyendas hablaban únicamente de la bendición de la ópera hacia los espectadores, por lo que ¿significaba eso que no les afectaría si participaban en ella?


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Opción secundaria: Podéis usar el tiempo de más que os doy, acortar los saludos e ir a comprarle la entrada a Diana. En caso de que haya diálogo, intervendré siempre que no se rebase la fecha límite de todos.



Fecha límite: 18 de agosto.
Os doy tiempo de más a propósito para que uséis los posts que queráis en interactuar y en la opción secundaria.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Soul Eater » Mar Ago 12, 2014 7:47 pm

¿Nata?― Arrugué la carta con las manos y la tiré al interior de la habitación, bastante molesta. ―¿Y no será que te parece raro porque te has confundido de nombre?

Sacudí la cabeza y me incorporé de la ventana en la que me encontraba recostada, para volver a sumergirme en la suave penumbra de mi cuarto, al que finalmente había logrado acostumbrarme.

No me apetecía en absoluto participar en una misión. Acabar perdida por un mundo desconocido, como me ocurrió en la selva, o que un monstruo devoré tu corazón, como sucedió en la Red, no eran precisamente ejemplos de lo que yo consideraría “diversión”. Y además, ni siquiera podía ir sola, sino que tendría que ir acompañada de ese Ban, que a pesar de ser un nombre que me sonaba ligeramente, no sabía exactamente quién era. Sin embargo, no tenía la oportunidad de negarme.

Me pregunto si algún día llegaré a entender qué es lo que todos persiguen aquí, o cuál es el sentido de la guerra que se está librando…― pensé, siendo consciente de que lo único que me motivaba para seguir en el castillo era que lo veía como la forma más fácil de sobrevivir.

Finalmente, acabé encogiéndome de hombros, mientras guardaba la extraña tarjeta dirigida a Nata. Ya había aprendido que quejarse no servía para nada. ―Tendré que preguntar lo que significa “extra”― pensé para mis adentros mientras salía al pasillo, apurando el paso a causa del limitado tiempo del que disponía ―Y también qué es exactamente una “ópera”. En las calles no se oyen palabras de ese tipo…

Sin embargo, desde lo alto de los tejados sí que podían escucharse conversaciones interesantes de forma totalmente subrepticia. Como, por ejemplo, la extraña leyenda que circulaba alrededor de la representación, por la cual podía conceder los más extraños dones a los espectadores que acudían a verla.

Realmente, ni me había molestado en indagar acerca de ello. Era algo que me resultaba más bien difícil de creer, pero puestos a tener que acudir sí o sí, no perdía nada por intentar hacerme con esa extraña “bendición”, especialmente si existía alguna posibilidad de que lograra volverme más fuerte. Ahora, no tenía ninguna intención de pagar 5.000 platines.

Recordaba a Diana como la chica rubia junto a la que había luchado contra Erased Data, y no me había formado una gran opinión de ella. De hecho, no me parecía que tuviera ninguna otra cualidad además de su belleza física. Y teniendo en cuenta que ese tal Daichi había dicho que hiciera lo que quisiera con la información… bueno, no pensaba que ocurriera nada si al menos una de las entradas desaparecía misteriosamente.

Incluso antes de llegar a su habitación ya me había decidido a intentar robar una de las entradas. No tenía nada de valor que dar por ella y tampoco me importaba tanto como para esforzarme por conseguirla. Solamente quería comprobar si la podía obtener por el camino fácil.

Así pues, tras detenerme frente a la puerta del dormitorio sin hacer apenas ningún sonido gracias a mis pies descalzos, esperé a que no hubiera nadie en el pasillo antes de golpear la madera un par de veces. Con un poco de suerte, no habría nadie en el interior y podría entrar a escondidas en la habitación de la aprendiza, rebuscar entre sus cosas y, si fortuitamente encontraba una entrada, quedarme con ella.

Ahora claro, si Diana estaba en el interior, tendría que apañármelas de alguna otra manera.
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Re: Ronda #1 - No voy a llorar

Notapor Astro » Mar Ago 12, 2014 8:33 pm

Sentado en la cama, levanté levemente la vista al escuchar el ruido de una carta entrando por debajo de la puerta. Algún moguri que me traía algún mensaje, supuse. Al fin y al cabo, esas detestables criaturas tenían prohibida la entrada a mi habitación.

Dejé el libro que estaba leyendo ―una novela de misterios― sobre la almohada, y me levanté para recoger el sobre. El remitente, muy a pesar, era Daichi. No soportaba a ese tío con gafas de sol, y eso que, en teoría, compartíamos maestra. Nunca había llegado a compartir un entrenamiento con él, cosa rara. Sospechaba que podía haber algún motivo oculto tras ese detalle, pero también estaba la posibilidad de que el estilo de Wix fuese de dar entrenamientos individuales. La verdad, me importaba poco.

Abrí la carta mientras volvía a la cama, y una tarjeta cayó al suelo. The Dream Oath, rezaba un logo entre flores y un tío montado a caballo. Aunque lo raro era que mi nombre aparecía escrito junto a la palabra «EXTRA». Vale, aquello sí que era mosqueante.

Leí la carta de un tirón. Cuando acabé, sólo tenía una pregunta en mente: ¿Se enfadaría mucho Wix si le pegaba un tiro en la cabeza a Daichi?

Una misión para Wix, vale. Urgente y secreta, aceptable. "No puedo darte más detalles por ahora", irritable. No me gustaba (en el sentido incorpóreo de la palabra) el no saber las cosas. La falta de información era una debilidad, y empezar una misión sin lo básico era aún peor. Además del pecho, Daichi tenía la cabeza hueca.

Lo de que olía muy bien no supe bien cómo interpretarlo. Y eso me irritó aun más.

The Dream Oath, ¿eh?

Decidí centrarme en el tema de la carta, en la misión.

Había oído algún comentario sobre esa ópera. Estupideces, en su mayoría. ¿Que si la veías recibías una bendición? Un truco publicitario para los ingenuos o los desesperados, eso era. Pero fuere lo que fuese, si Daichi creía que iba a rebajarme a meterme ahí como un extra lo tenía claro.

¿5.000 platines por una entrada? Calderilla.

Sin perder tiempo, me cambié de ropa para la misión. Opté, por si las moscas, por no llevar la gabardina en esta ocasión y llevar algo apto para pelear pero también medianamente elegante. Los colores rosa, morado y blanco salieron ganando en el conjunto.

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Ropa de Ban en esta trama:
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No me equipé con ninguna arma, ¿para qué? Con la habilidad de materialización, podía hacerlas aparecer en cualquier momento. Terminé de ajustarme unas botas, cogí la cartera, y salí raudo de la habitación.

Debía encontrar a Diana para comprarle la entrada antes de que llegase la hora de reunirme con la tal Nata, compañera de misión. Llevaba en un bolsillo la tarjeta de extra que venía en el sobre, pero intentaría hacer todo lo posible para evitar usarla. Decidido, me puse en busca y captura de la rubia más famosa del bastión.

Buscaría en los lugares más frecuentados por los aprendices: gimnasio, comedor, biblioteca, incluso en las aulas más comunes. Si no la conseguía encontrar, acabaría probando por ir a su cuarto.

Cuando la encontrara, tenía claro lo que decirle:

Daichi dice que tienes entradas para la ópera The Dream Oath. Quiero una ―dije, directo y conciso―. Dime cuánto pides y dámela ya, tengo prisa.

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Me apuesto un móvil a que Ban no llora en toda la trama. *Lo firma con un escupitajo*
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Nell » Mié Ago 13, 2014 4:53 pm

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^Acepto la apuesta.
Editado un error del anterior post, que en la carta de Ban escribí «Gata» en vez de «Nata».


Los dos aprendices se encontraron en la puerta de la habitación de Diana. Podían reconocerse, presentarse o lo que quisieran. En cualquier caso, cuando llamaron a la puerta, esta les dio permiso con un «Adelante».

En el interior, verían a la bellísima aprendiza inclinada sobre su escritorio, escribiendo algo. Paró al verlos, se giró en la silla y cruzó las piernas, mientras escuchaba las exigencias de Ban.

El precio ha subido. Son 8.000 platines y no se las vendo a cualquiera. El dinero no me importa. ―Diana también fue directa, cruzándose de brazos y, tal y como les había adelantado Daichi―. Dime una razón para dártela y puede que me lo piense.

Luego, se dirigió a Gata:

¿Y tú qué quieres? ¿Otra entrada?

Abrió el cajón del escritorio y sacó las dos entradas en cuestión, agitándolas en el aire.

Solo me quedan estas, he vendido las demás. ¿Quién me va a convencer?
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Re: Ronda #1.1 - No voy a llorar

Notapor Astro » Mié Ago 13, 2014 6:22 pm

Tras dar una vuelta por todo el castillo sin éxito, opté por probar suerte y buscar a Diana en su habitación. Justo en la puerta me topé con una chica delgada, con un largo pelo negro que le llegaba hasta la cintura. No era la primear vez que la veía: durante el incidente de Ricitos de Oro, también estuvo peleando en el estadio contra el virus.

¿Qué hacía allí? Entonces, se me ocurrió una posibilidad: nunca llegué a saber su nombre.

Eh, ¿eres Nata? La que me acompañará a la ópera con Daichi ―le pregunté, enseñándole la tarjeta de "extra" que venía con el sobre―. Soy Oswald, Ban Oswald.

Si estaba allí, significaba que también le interesaba la entrada y que no se conformaba con el trabajucho que Daichi nos había conseguido. Bien, al menos tendría cerebro. O eso esperaba.

Fue ella la que llamó a la puerta. Un simple «Adelante» nos invitó a entrar a la habitación, donde nos encontramos a Diana escribiendo en su escritorio. Giró sobre la silla para echarnos un vistazo, y ni corto ni perezoso le pedí la entrada.

Su respuesta, sin embargo, no fue de mi agrado.

El precio ha subido. Son 8.000 platines y no se las vendo a cualquiera. El dinero no me importa ―hice una mueca al escuchar lo del dinero. Mi mejor baza, poder pagar incluso el triple de lo que pidiera, quedaba descartada―. Dime una razón para dártela y puede que me lo piense.

Me llevé una mano a la barbilla, pensativo, mientras la rubia hablaba con Nata. Vale, aquello me empezaba a parecer una pérdida de tiempo. ¿Para qué necesitaba una razón? Estupidez humana, cada día me sorprendía más.

Pero bueno, por intentarlo no perdía nada. No poseía apenas información sobre Diana que pudiese serme útil (había oído algún comentario de que todos los chicos del bastión se quedaban prendados de ella cuando pasaba a su lado, pero eso a mi pecho hueco le daba igual); y la opción de imponerme con fuerza bruta quedaba descartada (sabía que ella era de las aprendizas veteranas, imposible vencerla en ese momento). Podría ponerme a adularla, pero ni siquiera sabía si eso le gustaría o cómo debía hacerlo.

En última instancia, podría ofrecerle un trato. Claro que no tenía nada que estuviera dispuesto a darle, pero... Siempre podía inventarme alguna mentirijilla.

Solo me quedan estas, he vendido las demás. ¿Quién me va a convencer? ―preguntó finalmente, entradas en mano.

No tengo tiempo ni ganas para tus juegos, Diana ―declaré, dejando clara mi postura―. Pero si insistes...

Algo que añadir a las ventajas de no tener corazón: me había vuelto bastante bueno a la hora de mentir. Lo de carecer de emociones era bastante útil para que no se dieran cuenta de cuándo estabas fingiendo o inventándote las cosas.

Hay un aprendiz que va por ahí presumiendo ante los novatos de que te dio una paliza "sin despeinarse" ―hice el gesto de las comillas con los dedos― durante un entrenamiento. Véndeme la entrada y te diré quién es.

Por supuesto, no pensaba conseguirle una a mi compañera. Que se buscara ella la vida.

»¿Trato?
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Light » Jue Ago 14, 2014 7:11 pm

Light podía ir dejando la sesión de entrenamiento en aquel momento. Había estado practicando magia terrestre durante toda la tarde y al fin había logrado que algunas rocas afiladas brotaran del suelo. Avanzaba lentamente y todavía le hacía falta entrenar más con la magia para producir verdadero daño con ella; y era lógico, pues durante los últimos años siempre le había dado prioridad al entrenamiento físico. Empezaba a ser consciente que debía dominar otro tipo de habilidades para aumentar su versatilidad en combate: no todo se arreglaba a base de tortas.

Abandonó los jardines de Tierra de Partida y caminó en dirección a su habitación para pasar por la ducha antes de ir a cenar. Una vez se hubiera desprendido del sudor y de los restos de barro ―había intentado probar algún que otro hechizo de alto nivel y los resultados habían sido catastróficos―, saldría de la ducha y se pondría ropa limpia. Cogería con cuidado el yukata salpicado de barro y se dirigiría rápidamente hacia la lavandería.

El estómago le sonaba y quería llegar cuanto antes al comedor para poder llenar su estómago. Bastaba con imaginarse los suculentos platos preparados por Higashizawa para que se le dibujara una sonrisa en el rostro.

Giró en una esquina y se encontró a una persona familiar en uno de los pasillos del castillo. Se trataba de la demente de Yami, quien llamaba la atención inevitablemente con su revoloteo… peculiar. Cuando Light se percató de que se estaba acercando a él, no pudo evitar mostrar una mueca.

«Mierda».

No iba a librarse de ella tan fácilmente.

Aparte de él, otros dos aprendices se habían detenido ante la Maestra, incapaces de seguir avanzando. Light observó de arriba a abajo la pila de libros viviente* y terminó comprobando que no era otro que Fyk, el pequeño amigo de su compañera Maya. El otro aprendiz era Bavol, el muchacho que había luchado a su lado en la batalla contra Dark Light y Erased Data.

Yami, quien les bloqueaba el paso, comenzó a hablar con ellos alegremente.

¡Os deseamos un hermoso día, aprendices! ―«Para lo que queda de día ya…» pensaba con amargura mientras sonreía para disimular la mueca de su rostro―. ¿Y acaso no es bonito? Incluso si ya está acabando, ¡no importa! Mañana a esta hora será igual. Un día bonito que acaba. ¡Pero el de hoy lo es más… por esto!

La extraña mujer sacó con gracia tres entradas y las agitó enérgicamente. Light, completamente enmudecido y petrificado en el sitio, se quedó mirando el billete que Yami había colocado bajo su nariz.

¡Cogedlas, cogedlas! ―como quería librarse de la agobiante Yami cuanto antes, no desobedeció y se hizo con una de las entradas―. ¡El día es bonito porque las recibí! Pero, ¡ay de nosotras! Ya la fuimos a ver. Preciosa. ¡No os la podéis perder! ¡Si lo hacéis, os arrepentiréis! Además, esto es un regalo. Son de una vieja amiga. ¡No muerden!

«The Dream Oath...» leyó el título de la ópera e inevitablemente le resultó familiar. Esa obra otra vez.

En efecto, aquella obra polémica había dado mucho de qué hablar últimamente y estaba en la boca de mucha gente en Tierra de Partida. Supuestamente, aquellos que vieran aquel espectáculo recibirían un encantamiento conocido como «la bendición de la ópera».

Ver para creer. ¿Si se animara a verla llegaría a convertirse en un gran guerrero, sin tener que invertir esfuerzo alguno? Escéptico, no creía que existiera una magia de tal poder y daba por hecho que era una simple estrategia de marketing para atraer clientes. De hecho, el mismo Maestro Akio había desmentido la supuesta bendición, asegurando que no era más que una farsa.

Pero Yami parecía bastante satisfecha, aunque… era Yami. ¿Podría tomarse en serio su criterio? Estaba loca de atar. Aunque, no podía negar que tenía curiosidad por aquella obra, pues en su vida había asistido a la ópera. Y ahora, se le presentaba aquella oportunidad, y además estaba el asunto de la bendición...

«Decidido».

Yami les había regalado las entradas, así que no perdería nada por asistir.

Ensimismado, miraba el refinado logo de la obra cuando Yami volvió a insistir:

¡Tenéis que ir! ¡Y un amor llamará a vuestra puerta! ¡Como ocurrió a la nuestra!

Gracias, Maestra Yami ―agradeció, soltando una ligera carcajada.

Alelada y más feliz que una perdiz, dejó de cerrarles el paso y pasó al lado de ellos, entre canturreos. Light se quedó mirando a la mujer mientras marchaba, perplejo. No podía negar que era un encanto de mujer, pero no le inspiraba demasiada confianza y le intranquilizaba su presencia. Simplemente le resultaba incómodo estar al lado de ella, y mucho más conversar con la susodicha.

«Mi abuela empieza a chochear, pero lo de esta mujer es peor...».

¡Y llevad vestimenta adecuada, o no os dejarán pasar! ―les recomendó antes de que la perdieran de vista.

¿Vestimenta adecuada para tal espectáculo? Light no tenía nada similar en su armario, por desgracia. Se había limitado últimamente a utilizar prendas cómodas de combate ―como el yukata― que le permitieran moverse con más facilidad, al contrario que sus antiguos pantalones vaqueros. De todos modos no se preocupó demasiado: seguro que encontraría algo en la lavandería del castillo; o en el peor de los casos, podía pedírselo a alguno de sus amigos.

Parece que no nos queda otra opción ―se encogió de hombros. Acto seguido, decidió preguntarles a Fyk y a Bavol para conocer sus impresiones de todo aquello―. ¿Creéis que todo eso de la bendición es cierto?

La magia a veces podía ser sorprendente, era consciente, pero aquello le seguía sonando a estrategia publicitaria. Debía comprobar con sus propios ojos si el encantamiento de aquella ópera era real.

Se supone que tenemos que ir bien vestidos ―comentó mientras se masajeaba la barbilla― pero yo no tengo ropa para la ocasión. Voy a la lavandería para ver si encuentro algo, ¡nos vemos ahora!

Y sin más dilación, comenzó a moverse con sus prisas habituales. Quedaba una hora escasa para el comienzo de la obra, así que no podía entretenerse: ni siquiera pasaría por el comedor para cenar, por ende, su estomago tendría que esperar.

Se dirigiría hacia la lavandería, medio andando, medio corriendo. Dejaría allí su ropa sucia y buscaría un esmoquin u otro tipo de prenda que le permitiera pasar inadvertido en la ópera.

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*Lo de que Fyk va con una pila de libros lo sé por medio de Flan xD porque me lo ha dicho.

Publicaré otro post después en el que podré interactuar un poco con los personajes que decidan seguirme a la lavandería.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Tidus Cloud » Vie Ago 15, 2014 2:28 am

Por fin había terminado de cumplir el último castigo que le había impuesto el Maestro Akio y Bavol estaba convencido de que ese maldito niño le tenía manía. Después de haber terminado con sus “obligaciones” con aquel matón, pensaba que podría ir a cenar algo junto con los demás Aprendices y después ir directo a la cama, pero parecía que la Maestra Yami tenía otras ideas para él.

Bavol se llevó una mano al corazón asustado cuando de pronto la Maestra se plantó ante él en medio del pasillo y, por lo que podía ver, Yami no estaba sola. Un diminuto Aprendiz se encontraba junto a ella llevando encima una pila de libros, aunque sin duda lo más llamativo no era su estatura, sino el color azul de su piel. ¿Azul? ¡Tenía que ser Fyk! Ya hacía tiempo que no le había visto por el castillo, la última vez fue en aquella ocasión en la que fueron al Bosque de los Enanitos por una misión.

No fueron las únicas víctimas de la alocada Maestra, Yami no estuvo satisfecha hasta que atrapó a un tercer día. Los ojos de Bavol se abrieron como platos al contemplar el rostro del recién llegado, que tardó unos segundos hasta darse cuenta de que no era quién se había imaginado. Era Light, el Aprendiz junto con el que luchó en el generador durante todo aquel lío de Erased; sin embargo, en un principio nada más verlo se le había venido a la cabeza la imagen del enemigo contra el que tuvieron que luchar: Dark Light (y no era tan extraña aquella confusión si tenían en cuenta que eran exactamente iguales). El gitano esbozó una débil sonrisa, el joven no tenía culpa de nada, pero le costaría poder mirarle con normalidad a la cara hasta que se acostumbrara.

¡Os deseamos un hermoso día, aprendices! ―comenzó diciendo la Maestra Yami captando su atención―. ¿Y acaso no es bonito? Incluso si ya está acabando, ¡no importa! Mañana a esta hora será igual. Un día bonito que acaba. ¡Pero el de hoy lo es más… por esto!

La mujer les mostró tres entradas mientras las agitaba eufóricamente como si tuviese en su mano el descubrimiento del siglo. Movido por la curiosidad, Bavol alargó la mano con cautela y agarró lentamente una de aquellas entradas.

¡Cogedlas, cogedlas! ―animó Yami a los otros dos Aprendices―. ¡El día es bonito porque las recibí! Pero, ¡ay de nosotras! Ya la fuimos a ver. Preciosa. ¡No os la podéis perder! ¡Si lo hacéis, os arrepentiréis! Además, esto es un regalo. Son de una vieja amiga. ¡No muerden!

Bavol contempló la entrada de la que hablaba la Maestra asombrado por lo bonito que era el diseño: unas flores y un guerrero como los de las historias que tanto le gustaban. Tras unos segundos leyendo detenidamente el título, pudo adivinar que ponía “The Dream Oath”

Oh, no, otra vez no, llevaba oyendo hablar de ese maldito espectáculo todo el día. Al parecer Akio no sólo se divertía torturándole haciéndole fregar suelos, sino que además tenía que hacer aún más pesada su tortura pasándose todo el rato quejándose sobre aquel espectáculo. Que si era un aburrimiento, que si no entendía por qué la gente decía esas cosas sobre él… Después de un rato oyendo al niño protestar, le entraron ganas de saltar desde la torre más alta del castillo para así acabar de una vez por todas con el dolor de tener que estar escuchando a Akio todo el rato.

¡Tenéis que ir! ¡Y un amor llamará a vuestra puerta! ¡Como ocurrió a la nuestra!

Gracias, Maestra Yami ―añadió Light risueño. Bavol se quedó impresionado con aquella reacción, quizás su apariencia física fuera igual a la de Dark, pero parecía que sus personalidades distaban de ser iguales.

¿Pero tú de verdad te crees eso? ―dijo Bavol demasiado bajo como para que sus compañeros pudieran oírlo. Al ver tan ilusionada a la Maestra, no quería fastidiarla con aquel comentario.

Finalmente, Yami se marchó canturreando como era habitual en ella, no sin antes gritarles una última advertencia:

¡Y llevad vestimenta adecuada, o no os dejarán pasar!

Que llevasen vestimentas adecuadas… ¿Y cuáles serían unas vestimentas adecuadas? Habría ido a preguntarle él mismo a la Maestra a qué se refería exactamente, pero lamentablemente ya se había marchado y tampoco es que tuviera demasiado valor como para ir tras ella él solo, al fin y al cabo la mayoría de Aprendices coincidían en que estaba un poco loca.

Parece que no nos queda otra opción ―comenzó diciendo Light―. ¿Creéis que todo eso de la bendición es cierto?

Bueno, Akio dice que es un aburrimiento… pero tampoco es que me fíe mucho de lo que diga él ―concluyó Bavol riéndose, aunque si lo pensaba bien, la otra opción era creer a Yami. Sinceramente, no sabía quién era peor―. No sé, ¿pero a que sería genial que fuera verdad? Imaginaos que con solo ir a ver una función os pasa algo buenísimo, no perdemos nada por ir a ver qué tal está.

Era lo mejor que podía decir, con el tiempo que llevaba en Tierra de Partida ya podía asegurar que cualquier cosa era posible. Además, aunque no fuera una misión como tal, si la Maestra Yami había insistido tanto en que debían ir, no podían hacerle aquel feo negándose a ir. Primero iría a cenar, después se vestiría y por último… De nuevo, tuvo que rehacer sus planes cuando se dio cuenta de que la función empezaba dentro de una hora en otro mundo, ¡debía darse prisa! Tendría que olvidarse de momento de la cena e ir directo a cambiarse.

Se supone que tenemos que ir bien vestidos, pero yo no tengo ropa para la ocasión. Voy a la lavandería para ver si encuentro algo, ¡nos vemos ahora!

¡Pero espérame! ―exclamó Bavol yendo rápidamente tras sus pasos en dirección a la lavandería.

Bavol intentó seguirle el paso todo el rato a Light. La verdad es que le costaba todavía mirarle la cara a su compañero, así que mantuvo todo el rato la vista fija en el suelo. Ni siquiera sabía muy bien de qué podía hablar con él, tampoco es que tuvieran mucha relación…

No nos veíamos desde lo de La Red, ¿cómo estás? ―preguntó Bavol, puede que aquella fuera una buena manera de empezar a hablar―. Nunca llegamos a hablar del tema, debe de ser duro tener…eh…bueno, ya sabes, una copia.

Bavol se llevó avergonzado una mano a la cara nada más decir aquellas palabras. Quizás con aquel comentario hubiese estropeado un tanto la conversación, pero es que no podía quitarse aquella obsesión de la cabeza. Eran tan parecidos.

Una vez llegaron a la lavandería, Bavol se echó a la primera cesta que encontró y empezó a rebuscar entre las ropas.

Espero que a los demás no les importe que les coja algo prestado. ―comentó el niño soltando una risilla.

De pronto, el gitano se encontró con un traje que hace bastante tiempo ya había dado por perdido. La cara de asombro del pequeño era enorme cuando agarró con sus dos manos el traje y se lo mostró al resto de los presentes.

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¡Eh, es mi disfraz de Halloween! Creía que lo había perdido, ¿pero qué hará aquí? ―se preguntó el gitano un tanto intrigado―. Bueno, da igual, no tenemos tiempo, me pondré esto mismo.

Ahora que lo pensaba mejor, puede que hubiera sido él mismo quien después de haber llevado todo el día aquel disfraz y haberlo pringado de todos los caramelos que se comió fuera quien lo hubiera mandado a la lavandería, aunque era evidente que se había olvidado de recogerlo (también era normal, el pequeño no estaba acostumbrado a tener tanta ropa y además, no es algo que se pusiera todos los días). Antes de marcharse con el traje, Bavol acercó su nariz a la camisa y se percató de que aquella vestimenta desprendía un cierto olor bastante extraño, llevaba demasiado tiempo sin ser lavado de nuevo.

Aunque sinceramente habría preferido poder ponerse otra cosa que estuviera en mejores condiciones, el tiempo corría en su contra y no quería llegar a tarde a la función. De todas formas seguro que los espectadores estarían más atentos a lo que ocurría en el escenario que al olor de quien tenían sentado a su lado. O al menos eso esperaba.

Me voy a cambiar. ¡Nos vemos en los jardines! ―exclamó el niño mientras se iba corriendo hacia su cuarto.

Bavol corrió hacia su cuarto, donde se desvistió rápidamente dejando la ropa que llevaba tirada por el suelo de su habitación. Ni siquiera se molestó en guardarse su daga, ya que al fin y al cabo en esta ocasión iba a ver un espectáculo, no a una misión contra los sincorazón.

Una vez estuvo ya vestido con su traje de gala se dirigió a los jardines del exterior del castillo, donde estuvo esperando a los demás para partir de una vez hacia el mundo en el que se celebraba la ópera.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Final Fan » Sab Ago 16, 2014 2:16 am

Ah, no, a mí no me la lía otra vez ―comenté, entre dientes, forcejeando para que el enorme montón de libros que me había llevado de la biblioteca no perdiese su ya precario equilibrio.

La Maestra Yami nos había parado a tres aprendices y, tras una de sus dicharacheras peroratas sobre vete tú a saber qué, nos entregó las entradas para una ópera que, al parecer, era mágica. O algo así, vaya. A mí me costaba seguir el hilo de sus conversaciones. De todas formas, yo me había decidido a ponerme al día con mis lecturas aquella noche de una vez por todas y nada me lo iba a impedir de nuevo.

Oí entonces las voces de las otras dos víctimas de Yami provenientes de algún lugar detrás de la montaña de papel y cuero que llevaba en brazos. Parecían estar comentando lo de los poderes de aquella ópera. Las dos voces me sonaban.

Bavol, ¿eres tú? ―dije, todavía haciendo de equilibrista―. Y, eh... contigo fui a Ciudad de Paso... Ah, Light, sí. ¿Podría alguno de vosotros ayudarme a...?

Se supone que tenemos que ir bien vestidos, pero yo no tengo ropa para la ocasión. Voy a la lavandería para ver si encuentro algo, ¡nos vemos ahora!

¡Pero espérame!

El inconfundible sonido de las pisadas de aquellos dos alejándose fue la prueba definitiva de que estaba siendo ignorado. Y que mi voz fuese amortiguada por mi torre de palabras no ayudaba, obviamente.

¡Que yo no quiero ir! ―exclamé, con un aspaviento de mis brazos para enfatizar mi enfado.

Los minutos siguientes me los pasé recogiendo todos los libros que se habían caído al suelo.

* * *


Esto es mala idea.

Cuando cogí mi material de lectura en la biblioteca me había molestado en ordenarlo todo por tema, por título, por cronología y por las ganas que tenía de leer cada cosa. Con casi una treintena de libros desordenados sin una lista por la que guiarme para volver a clasificarlos se me habían quitado las ganas de leer. Cuando llegué a la lavandería, a donde oí que se dirigían Light y Bavol, sólo me encontré allí al primero.

¿Has encontrado algo? ―dije, echándole un vistazo a la entrada de la ópera―. ¿Cómo irán vestidos en ese mundo...?

Sin demasiados miramientos, me puse a rebuscar entre toda la ropa que había almacenada en aquel sitio. Rebuscando un poco por los fondos de los armarios sería mala suerte no encontrar algo adecuado.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Light » Sab Ago 16, 2014 3:19 pm

Bavol optó por seguir a Light de inmediato para acompañarle a la lavandería. El recorrido resultó silencioso hasta que Bavol decidió romper el hielo, iniciando una conversación con Light.

Podría estar mejor la verdad, pero gracias por preguntar ―respondió tras soltar un suspiro―. No volví a saber nada de mi copia. Solo sé que Dark Light se ha ganado la fama de criminal en La Red, así que tuve que pagar el pato cuando estuve allí de misión. Ya sabes, somos iguales y tengo que intentar mantenerme oculto allí, o de lo contrario me detendrían y posiblemente me ejecutarían.

Finalmente, habían llegado a la lavandería. Light se dispuso a preguntar por él cuando Bavol se arrojó sobre la cesta más cercana a ellos.

Espero que a los demás no les importe que les coja algo prestado ―Bavol soltó una pequeña risa tras su comentario, dejando ver su lado travieso.

Solo será una noche, seguro que ni se dan cuenta ―afirmó Light, optimista.

Él no fue menos y también comenzó a buscar una vestimenta elegante. Jamás había tenido la oportunidad de ir a la ópera, pero en su mundo había una* y sabía cómo había que ir vestido más o menos. Un esmoquin o un traje normal y corriente le parecían buenas opciones, aunque seguía sin conocer la forma de vestir de los habitantes de aquel mundo y no podía estar completamente seguro. Existía tal diversidad de mundos en el universo...

¡Eh, es mi disfraz de Halloween! Creía que lo había perdido, ¿pero qué hará aquí? Bueno, da igual, no tenemos tiempo, me pondré esto mismo.

«No pensará ir con eso... ¿Verdad?» en ese instante, Light se dio cuenta de que Bavol era solo un niño. Posiblemente no había ido nunca a una ópera o puede que ni siquiera existiera alguna en su mundo.

Tendría que ponerse en el papel de hermano mayor para aconsejarle, por su bien.

¡Espera! ―llamó la atención de Bavol―. No vamos a ninguna fiesta de Halloween, si vas con ese disfraz seguro que no te dejarán entrar ―afirmó tajante. De verdad, ropa más fea y llamativa no había podido escoger. Le señaló una simple camisa blanca de vestir y unos pantalones oscuros que podrían ser de su talla perfectamente―. Lleva mejor algo como eso, hazme caso.

Igualmente, era decisión de Bavol optar por su llamativo disfraz o ir a lo seguro ―aunque realmente no había nada seguro― y hacer caso a su compañero. Ahora que Light le había alertado sobre las consecuencias de no ir correctamente vestido, seguramente se lo pensaría un poco mejor.

Mientra tanto, Light seguía buscando dentro de los armarios algo que le sirviese. A ojo, podía comprobar que mucha de la ropa le quedaba pequeña: una de las desventajas de tener una altura superior a la de la media. Había crecido bastante durante los últimos dos años.

Finalmente, tras mucho buscar, encontró algo que le valdría. Aunque no fuera de su talla exacta, no iba a ponerse quisquilloso. No le quedaba mucho tiempo y no podía quedarse toda la noche buscando una prenda perfecta para él. Eligió ir vestido con una camiseta morada, una camisa negra; y sobre éstas, una americana blanca. Los pantalones escogidos eran blancos también, a juego con la americana. Sobre los zapatos de vestir, se decidió finalmente por unos mocasines de color negro.

Me voy a cambiar. ¡Nos vemos en los jardines!

Light asintió y siguió a lo suyo. Depositó en el cesto más cercano la ropa que había ensuciado en el entrenamiento. Una vez se hubiera librado del yukata embadurnado de barro, cogió del armario las perchas con las prendas que le interesaban.

En ese preciso momento llegó Fyk, quien parecía que tampoco disponía de prendas para vestir.

¿Has encontrado algo? ―preguntó el niño azul, observando el billete entregado por Yami―. ¿Cómo irán vestidos en ese mundo...?

Me pareció escuchar el otro día que la ópera se encontraba en el mundo del País de los Mosqueteros ―señaló en primer lugar: puede que Fyk hubiera visitado ya ese mundo y le viniera bien saberlo―. Nunca he estado allí y no me puedo hacer a la idea de cómo se suele vestir. Tú tampoco has estado, ¿verdad?

>>Yo he encontrado esto ―extendió el brazo y le acercó las prendas colocadas en las perchas―. No sé si llamaré mucho la atención con esto, pero paso de seguir perdiendo el tiempo. La ópera va a comenzar pronto.

>>>Voy a cambiarme, luego nos vemos en los jardines. ¡Suerte!

Mientras marchaba a su habitación, se percató de que Fyk seguramente lo tendría bastante difícil para pasar inadvertido. Después de todo… era un extraterrestre azul, completamente diferente a los seres humanos. Debía ser muy complicado para él hacer misiones en mundos poblados por seres humanos sin llamar la atención.

Con esos pensamientos en la cabeza, finalmente llegó a su habitación. Consciente del poco tiempo que les quedaba, se cambió de ropa muy rápido. Tras vestirse, entró dentro del cuarto de baño para mirarse al espejo y asegurarse que iba bien vestido.

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«¿Voy bien así? No sé yo...».

En realidad no se solía vestir de aquella forma muy a menudo. Ni siquiera sabía ponerse la corbata, así que decidió prescindir de ésta.

A continuación, se refrescó la cara y se mojó el cabello en el lavabo. Después, antes de marcharse, prepararía una pequeña mochila en la que guardaría su katana, el mapa de los mundos, algunas pociones y otros objetos útiles. Los Sincorazón podían atacar en cualquier mundo y siempre venía bien ir preparado.

Abandonó su habitación y descendió rápidamente de la torre de los dormitorios. Cruzaría a toda velocidad la sala del trono y el vestíbulo para llegar cuanto antes a los jardines del castillo, el lugar donde se reuniría con Bavol y Fyk.

Allí mismo, Light abriría su mapa de los mundos para buscar la posición exacta de aquel mundo en el intersticio. Una vez lo localizaran y memorizaran la posición, todos podrían marcharse sin ningún problema hacia su destino.

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Varias cosas:

-A Flan y Tidus: Nell me ha dicho que podemos saber de qué mundo se trata aunque Yami no nos lo haya dicho, no haremos metagame.

-*Como la Villa Crepúsculo del EG II tenía una ópera y era una VC réplica de la real, he dado por hecho que hay una ópera en Villa Crepúsculo de verdad xD espero no haberla cagao.

-Mi personaje le ha señalado a Bavol unas prendas que son mejores que el traje que ha elegido él (cualquier cosa sería mejor creo xD excepto ir desnudo k). Tidus al final de su post ha indicado que simplemente iba con su traje de gala xD (no ha especificado que se trataba del traje de bufón ese), así que creo que está a tiempo de optar por otra cosa. Suya es la decisión.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Tidus Cloud » Sab Ago 16, 2014 5:34 pm

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Posteo por lo del traje XD

Pese a las expresas indicaciones de Light de que debía vestir otro tipo de ropa, Bavol no le hizo caso y se vistió con su traje de Halloween. Puede que no supiera muy bien cómo debía ir vestido a esta clase de eventos, pero le constaba que para las ocasiones especiales la gente se solía poner ropa que normalmente no vestía y aquellas prendas que le había señalado sus compañero son las que se pondría normalmente. Además, ¿qué había más especial que un disfraz tan bonito como aquel?

Tranquilo, estoy seguro de que no nos pondrán pegas por la ropa ―le dijo Bavol felizmente al ver a Light llegar a los jardines listo para ir a la ópera.

Bavol miró de arriba abajo a Light y se encogió de hombros. La ropa de su compañero no le gustaba mucho, ya que tenía unas pintas bastante extrañas con aquellas prendas, pero si Light estaba convencido de que le quedaban bien, no iba a ser él quien le rompiera la ilusión a su compañero.

Light comenzó a buscar dónde se encontraba el mundo en el que se iba a celebrar la ópera, así que Bavol se colocó junto a su amigo y echó un vistazo al mapa que sujetaba entre sus manos.

¿Así que vamos al País de los Mosqueteros? Pues es mi primera visita. Espero que habernos quedado sin cenar haya valido la pena y la ópera esté graciosa. ―confesó Bavol.

Bavol nunca había asistido a una ópera. Lo único que había visto que se le pudiera llamar función eran los pequeños teatrillos de marionetas que montaba de vez en cuando Coplin en París; sin embargo, dudaba que aquello se pareciese a lo que estaban a punto de ver. ¿Y si resultaba que al final “la bendición de la ópera” fuera una mentira como había dicho Akio? Bavol resopló, lo último que le faltaba es que aquel espectáculo fuera un aburrimiento. No obstante, si aquella función no le gustaba, siempre podría volverla más amena con una pequeña e inofensiva broma que se le acababa de ocurrir.

¿Sabéis qué? Si la obra esa nos aburre mucho, podríamos divertirnos un poco… ―declaró Bavol misteriosamente; sin embargo, no quiso profundizar más en el tema, simplemente se limitó a sonreír ampliamente.

Una vez estuvieron todos preparados, Bavol invocó su Glider y partiría hacia El País de los Mosqueteros justo detrás de Light, que debería de conocer mejor el camino ya que acababa de ojear el mapa de los mundos.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Soul Eater » Sab Ago 16, 2014 9:29 pm

El sonido de los pasos por el pasillo me hizo volverme, esbozando una mueca de disgusto. ―Maldición― Para bien o para mal, cualquier oportunidad de conseguir mi entrada a escondidas acababa de esfumarse.

Me volví hacia él, con algo de desconfianza, ya que parecía dirigirse precisamente hacia donde me encontraba. A medida que se acercaba y podía apreciar mejor el color rubio de su cabello, así como distinguir sus facciones con mayor claridad, me di cuenta de que ya le había visto antes, durante el combate contra Erased Data. Era el gracioso que insistía en llamar a ese ser “Ricitos de Oro”.

Lancé un rápido vistazo a sus ropas, de manera algo despectiva. Iba demasiado bien vestido para mi gusto, aunque teniendo en cuenta mis propias prendas, llenas de rotos y desgarrones, tampoco es que fuera demasiado difícil. Aun así, se notaba perfectamente que el chico prestaba atención a su aspecto.

Cuando se paró frente a la puerta, comencé a sospechar acerca de si podría tratarse de mi compañero, cosa que en seguida quedó demostrada cuando se dirigió a mí con el ridículo nombre de “Nata”.

Me llamo Gata― contesté secamente, lanzándole una mirada hosca e ignorando la tarjeta que me tendía. En el fondo, sabía que el chico no tenía la culpa del equívoco, pero aun así no me hacía ninguna gracia que se dirigiera a mí de esa manera. ―Pero sí, también voy a la ópera.

Soy Oswald, Ban Oswald― se presentó él, a lo que contesté con una brusca inclinación de cabeza, mientras escuchaba una voz femenina en el interior de la habitación, que nos invitaba pasar.

Genial. Ahora sí que no voy a tener forma alguna de conseguir la entrada.― pensé, aceptando que probablemente ese día fuera a ser un completo desastre. Sacudí la cabeza y pese a todo seguí a ese tal Ban Oswald al interior de la habitación, donde nos esperaba Diana.

Daichi dice que tienes entradas para la ópera The Dream Oath. Quiero una. Dime cuánto pides y dámela ya, tengo prisa.― lanzó él directamente, haciendo gala de una falta de diplomacia que rivalizaría con la mía propia.

La aprendiza nos miró sin molestarse en levantarse de la silla de su escritorio, antes de responder secamente. ―El precio ha subido. Son 8.000 platines y no se las vendo a cualquiera. El dinero no me importa. Dime una razón para dártela y puede que me lo piense.

Si no tenía ninguna oportunidad de conseguir una por 5.000 platines, menos iba a poder comprarla por 8.000. ―Menudo timo― susurré en voz baja, mirándola con enfado.

La joven se volvió hacia mí, interrogante. ―¿Y tú qué quieres? ¿Otra entrada?― me encogí de hombros mientras ella las sacaba de un cajón y las agitaba en el aire. Me habría gustado ser capaz de quitárselas de un zarpazo, pero sabía que era demasiado arriesgado. Ya me había hecho una idea de las capacidades de combate de mis compañeros en general. ―Solo me quedan estas, he vendido las demás. ¿Quién me va a convencer?

Me quedé pensativa mientras Ban tomaba la palabra, tratándose de ganar el favor de la chica a cambio del nombre de un aprendiz que andaba presumiendo de haberla derrotado. Realmente yo no tenía nada que ofrecer, era más pobre que las ratas. Por no tener, ni siquiera tenía información de utilidad. ―¿Trato?― Terminó él, esperando una contestación por parte de la chica.

Una vez que terminaron de negociar, resignada, dije lo único que se me ocurrió. A fin de cuentas, tampoco es que estuviera demasiado desesperada por conseguirla. No me importaba demasiado. ―Unas entradas sin usar no valen nada. Dame una de ellas y te deberé un favor.― No me preocupaba demasiado comprometerme a nada, porque, en primer lugar, dudaba que aceptara, y además, siempre podría encontrar una forma de escaquearme después. ―Si no las vas a aprovechar, al menos ganas algo a cambio. Si no, eres tú la que va a salir perdiendo, sobretodo porque probablemente te hayan costado algo.

Esperé la contestación, sin hacerme demasiadas ilusiones. Yo no podía hacer nada más, era cosa de Diana decidir.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Final Fan » Mié Ago 20, 2014 1:32 am

No he estado, pero me suena ―le respondí a Light, un poco más seguro.

Luego el chico se despidió para irse a cambiar a su habitación, a lo que respondí con un gesto en la cabeza mientras seguía sumergiéndome en los mares de tela de los armarios de la lavandería. Tan sólo tenía como referentes lo que había leído del lugar y algún comentario que había oído por ahí, pero si Light no se había preocupado demasiado por qué llevar yo tampoco iba a ser menos. Pasé un rato solo rebuscando entre la ropa, pero no tardé en encontrar algo que me pareciese lo suficientemente operístico y... ¿"mosquetero"? Me cambié allí mismo, en la lavandería.

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En fin. Como un disfraz ―suspiré, un tanto resignado―. Oh, ahora que lo pienso...

Recordé lo que me había pasado en Selva Profunda con el detallito de ser azul y de repente empecé a preocuparme. Nunca había tenido problemas por mi aspecto al hacer misiones en otros mundos, pero si había uno en el que eso era un problema bien podía haber más. Más valía prevenir, aunque fuese un poco. Estaba claro que no iba a poder ocultar toda mi apariencia, pero no sobraba intentarlo. Seguí rebuscando hasta que encontré algo que pudiese ayudarme.

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Una máscara.

Pues nada, a ello ―dije, ajustándome los guantes de combate para que tapasen bien el color de mi piel en las manos.

Minutos más tarde ya estábamos los tres de camino al País de los Mosqueteros en nuestros gliders. Sentí cierta nostalgia al recordar las obras de teatrillo que iba a mirar con Kaara en Espacio Profundo, aunque aquello de la ópera tenía un caché diferente, claro.
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Nell » Mié Ago 20, 2014 3:30 am

Bastión Hueco


La treta de Ban habría colado sin duda entre muchas personas de Bastión Hueco. Pero no en Diana. Se limitó a encogerse de hombros.

Pues averiguaré por mí misma quién es el impertinente. ―Tenía formas mucho más eficaces con toda la población masculina que habitaba en el castillo―. Si es lo único que se os ocurre, largaos. Ya os he dicho que el dinero no es problema y el favor de una novata no es muy útil. En medio de una guerra, sois los primeros que caéis.

Las formas para persuadirla de los aprendices habían sido buenas, pero ninguna había calado en la malhumorada aprendiza. Les echó sin compasión, esperando a que apareciera otro comprador de última hora o asumiendo que tendría que quedárselas de recuerdo.

Dos entradas… y ningún acompañante.

Ajenos al dato, Ban y Gata tuvieron que conformarse con la amistosa tarjeta de identificación que les había conseguido Daichi. Aquella noche les tocaría trabajar, con el fin de penetrar en el lugar donde llevarían a cabo esa misteriosa misión.


Tierra de Partida


Llegaron a las nueve menos cuarto.

Aterrizaron a las afueras del enorme edificio, en un bosquecillo cercano que los podría ocultar. Al franquear la valla, observarían el ancho edificio amarillo que era la ópera, el cual habrían visto ya desde las alturas. En el jardín había algunos asistentes que se habían parado a intercambiar saludos con algún conocido, pero todos se dirigían con prisa a la entrada.

Si no habían visitado nunca un mundo como Ciudad Disney o Ciudad de Paso, se asombrarían de las criaturas antropomórficas que lo habitaban. Eran humanas y, al mismo tiempo, pertenecían a razas diferentes con características animalescas. Parecido al caso de Fyk. Aun así, no destacaron, por lo que debían estar acostumbrados a los humanos (pese a que no hubiera ninguno a la vista).

Había varias puertas, pero todas estaban valladas por una cinta de terciopelo roja salvo una, la central, donde dos mosqueteros perrunos hacían guardia y revisaban las entradas. Ya desde la distancia miraron a Bavol con desconfianza.

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En cuanto se acercaran y entregaran las suyas, uno de ellos, asentiría, conforme:

Espero que disfruten del espectáculo, señores ―se dirigió a ellos con formalidad―. Su seguridad estará garantizada gracias a nuestra estricta vigilancia.

El otro, en cambio, se volvió hacia Bavol y fue directo al grano:

Disculpe, señor, pero no puedo permitirle entrar con esa prendas. Si necesita un vestidor, encontrará uno a la vuelta de la esquina, a su derecha.

Y así Bavol se quedó fuera. Al menos hasta que se cambiara. Ya podía berrear o tratar de luchar contra ellos, que no le harían caso, porque no iba «adecuado para la reunión social». Tendría que seguir sus indicaciones hasta una puerta en el lateral del edificio, donde encontraría a otro mosquetero que le enseñaría algunos trajes de gala más acordes con el evento, extrañado porque no se hubiese traído las suyas de casa (y de que le permitieran cambiarse allí, aunque como era un niño se hacía la vista gorda). Estas prendas estaban raídas y viejas, puesto que habían pertenecido a obras o asistentes que se las habían dejado olvidadas, pero si no había llevado nada más era lo único a mano.

Una vez estuviese correctamente arreglado, los mosqueteros se harían a un lado para dejarle entrar. Los demás podían esperarle o pasar antes sin él.

La entrada del teatro era enorme, llena de gruesas columnas y exquisitas alfombras, pese a la sobriedad de más elementos decorativos (y su tono amarillo parecía dorado con la luz). Frente a ellos, había una ancha escalera que llevaba a pisos superiores; y a cada lado de ella, dos más pequeñas para bajar a uno inferior. De su izquierda les llegaba el rumor de una orquesta, pero había tanta gente alrededor de ellos para observarlos en directo que ninguno fue capaz de ver ni un instrumento.

Además, la sala estaba atestada. Lo primero que les llamaría la atención es que, aparte de los invitados por aquí y por allá (como en el exterior), había algunos camareros que pasaban entre ellos con las bandejas a rebosar de aperitivos y bebidas, que volaban y se reponían con rapidez. Ya tenían su compensación por la cena perdida.

No llevaban ni un minuto dentro cuando una especie de oso con una envidiable barba blanca subió algunos peldaños de la escalinata, llamó la atención de los invitados dando unas palmas y se aclaró la voz.

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Damas y caballeros. Gracias por asistir hoy. En breve, abriremos las puertas para que os acomodéis en vuestros palcos y butacas. Disfrutad mientras tanto de nuestro aperitivo, por favor. Recordad que no se puede pasar comida a la sala. Tendremos otro rato de degustación y manjares variados, escogidos por el mismísimo Director, al finalizar la obra.

Bajó de nuevo los escalones, perdiéndose entre la multitud, y las conversaciones se reanudaron.

Frente a una puerta cerrada a la derecha, había un tipo vestido extravagantemente (¡y con boina!, qué injusticia para Bavol, ¿por qué a él no le habían obligado a cambiarse?), rodeado de mujeres, a quien el grupo le oyó murmurar algo sobre un escrito que redactaría acerca de la belleza de sus cuerpos. El corrillo al completo se rio.

Y escondidas tras una columna muy cerca de la entrada, dos amigas con voz de pito charlaban animadamente. Una era una cerdita con vestido de lunares y guantes, zapatos y sombrero azulados, a la que el conjunto le sentaba… como a una cerda. La otra, en cambio, era una pájara de muy buen ver (si eras pájaro) sobre cuyas plumas grisáceas llevaba un vestido rosado.

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¡Que sea el amor, tía, que sea el amor! ¡Quiero que un amorcito lindo aparezca en una carroza y me colme de regalos! ―imploraba la cerdita.

¿Cómo puedes pensar solo en eso, Soizic? Venimos a ver arte, ¡a ver la ópera más aclamada de todos los tiempos! ¿Logrará una guerra separar a los amados? ¿Regresará Draco de ella? ¿Seguirá el corazón de María intacto? Estoy a escasas horas de saberlo. ¡Las plumas se me ponen de punta únicamente al pensar que estoy aquí! Doy gracias a que tu padre consiguiera las últimas entradas.

Jiji, sí, tía, ya sabes que tiene contactos. Contactos importantes. Papi puede comprarlo todo ―probablemente eso no incluía a Diana.

Además ―continuó, ignorando a la amiga―, me he enterado de un bombazo. ¿Sabes que la princesa y su consejera vinieron a verla y…?

¿Y…? ¿¡Y…!?

¡¡Lloraron!! ¡Ambas lloraron! ¡Imagina qué cruel historia debe haber detrás de esa puerta para hacer derramar lágrimas a una dulce princesa!

¡Ooooh! Prometo que no voy a llorar, Lucile. ¡Lo prometo! Si ves lágrimas caer por estos bellos ojos, ¡serán de felicidad, tía!

Hay más. Mucho, mucho más ―Lucile se frotó las alas―. Comentan que está habiendo desapariciones…

¡Qué me dices!

¡Shh! ―le tapó la boca para acallarla―. Nadie debe enterarse. Si no, cancelarán la obra y nos quedaremos sin verla. Es responsabilidad del director solucionarlo.

Eres tan atenta, tía. Siempre te enteras de todo lo que ocurre ―la alabó.

Esa es mi labor ―soltó una risita.

Sí, sí, tienes razón, en todo. No seremos nadie si no logramos ver esta ópera, ¡todas las damas se burlarían de nosotras, y no tendríamos tema de conversación con la princesa! ―argumentó la cerdita.

Aprovechó que un camarero pasaba cerca y estiró los dedos para coger de un puñado un montón de panecillos con atún, que devoró… como una cerda.

¡Qué delicia! No han escatimado en gastos gastrointestinales…

Se dice «gastronómicos».

… ¡con esto ya se han ganado mi corazón! ―continuó sin prestarle atención, algo que parecía ser común entre ambas.

Y continuaron su charla sobre cuál de sus dos cocineros era el que hacía comidas más ricas.

¿Habéis venido también obligados por vuestros papás?

Al darse la vuelta, Fyk y Bavol (los únicos a los que se dirigió) comprobarían quién era su asaltante: una perrita, de más o menos su edad, vestida de rosa y con carita inocente (de esas de las que nunca te puedes fiar).

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Los adultos son un rollo ―continuó la niña―. Mi nombre es Augustine. ¿Cuáles son los vuestros? ―asintió a cualquiera que fuera su respuesta―. Parece que somos los únicos niños que asistirán. Qué aburrido ―se quejó, decepcionada.

»¿Queréis jugar un ratito antes de que empiece este muermo? ¡Porfa! ¡Sé un juego divertidísimo! ―juntó la cabeza con las suyas, como si compartieran un secreto―. Observad.

Se acercó a una mujer que estaba de espaldas, hablando sin parar con un tipo que parecía hastiado de su charla. En ese momento, pasaba por al lado uno de los camareros y, aprovechando, la mujer extendió un brazo para cogerle uno de los aperitivos. Más rápida, Augustine se adelantó y retiró (desde debajo de la bandeja) todos los que había.

Ni el camarero ni la mujer se dieron cuenta de nada, pero cuando ella tanteó por toda la bandeja sin encontrar nada y él pasó de largo sin inmutarse, ajeno a lo que había ocurrido, la señora le puso pucheros, enfadada con el sirviente que se paseaba por ahí sin nada.

No valoran lo que tienen ―reflexionó, observando su botín―. Se lo merecen ―e hizo un gesto de tirárselo a la mujer por detrás, pero en el último momento se arrepintió y volvió con los chicos.

»Está bien, mamá ya me ha enseñado que la comida no se debe desperdiciar ―Augustine recitó la lección con orgullo, mientras se comía uno de los panecillos con jamón. Sujetaba el resto en un hueco que había hecho con la falda del vestido, el cuál comenzaba a mancharse por toda la comida que se desplazaba amontonada―. ¡Os toca! ¿Quién quiere empezar? Si hacéis algo mejor, os contaré un secreto ―prometió.

Parecía desesperada por obtener un poco de diversión, y guardar al mismo tiempo las formalidades.


Bastión Hueco


Llegaron pasadas las ocho y media, con un pelín de retraso.

Puesto que iban apurados de tiempo y en el jardín no había justo nadie en ese momento, aterrizaron frente al teatro, un ancho edificio amarillo que era la ópera, el cual habrían visto ya desde las alturas. Algunos pocos asistentes comenzaban a llegar, encaminándose a la puerta principal, aunque ninguno les había visto saltar desde el cielo.

Si no habían visitado nunca un mundo como Ciudad Disney o Ciudad de Paso, se asombrarían de las criaturas antropomórficas que lo habitaban. Eran humanas y, al mismo tiempo, pertenecían a razas diferentes con características animalescas. Aun así no destacaron, por lo que debían estar acostumbrados a los humanos (pese a que no hubiera ninguno a la vista).

Había varias puertas, pero todas estaban valladas por una cinta de terciopelo roja salvo una, la central, donde dos mosqueteros perrunos hacían guardia y revisaban las entradas. En su caso, lo que tendrían que enseñar eran sus tarjetas de identificación, ante las cuales asentirían al reconocerlas. Estaban avisados de su llegada.

Os están esperando. Colgad vuestra tarjeta de identificación sobre la ropa e id a ver al Director. Le reconoceréis fácilmente: es un tipo muy «plat» ―él y sus compañeros soltaron una risita. Parecía un chiste privado. Siguió con su tono informal―. Vuestra seguridad estará garantizada gracias a nuestra vigilancia.

Una vez dentro, efectivamente, le reconocieron enseguida.

¡Qué desastre, plat! ¡Qué desastre, Boris, plat!

Los dos hombres/animales se hallaban en una esquina, a la derecha, «cuchicheando». Y lo pongo con comillas porque se les escuchaba por toda la sala, que se hallaba aún vacía. A su izquierda estaban montando una orquesta, afinando los instrumentos, aunque todavía no se habían puesto a tocar.

El que se quejaba era un mono con un galante esmoquin negro, que adornaba con un sombrerito ridículo para su cabezón. El otro, en cambio, era una especie de oso con barba blanca, vestido con chaleco, camisa y bombachos, algo vago puesto que no se había equipado con más accesorios.

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¿Quieres un plátano para relajarte, Toni? ―le ofreció el oso.

¡Que no quiero un plátano, plat! ¡Estamos en una crisis, plat! ―cambió de parecer en cuanto Boris se sacó uno a escondidas de debajo del chaleco―. Bueno, solo uno, plat, ¡pero chiquitito! ―lo cogió con ansia y empezó a quitarle la piel―. Todo va de mal en peor, plat, ¡ya me parecía raro que estuvieran saliendo tan bien estas últimas semanas de representaciones, plat! Primero, desaparecieron los extras, plat; luego, los camareros, plat. ¿Qué será lo siguiente, plat? ¿¡Los plátanos, plat!? ¡Y encima el inigualable y archiconocido como el mejor crítico del mundo, Lionel, tenía que venir hoy, plat! ―los pelos se le iban erizando más y más del estrés―. Como nos ponga una mala nota, dará igual la recaudación que hayamos conseguido, plat, ¡nadie asistirá de nuevo a nuestras obras, plat! ¡Si alguien no soluciona esto YA, juro que cometeré una locura, plat!

Iba a llevarse el primer bocado del plátano cuando vio a Ban y Gata plantados en la puerta.

¡¡Son ellos, plat!! ―chilló, entre emocionado e histérico, a punto de empotrar el plátano contra el chaleco de su acompañante―. ¡Tráelos, plat! ¡¡Tráelos YA, plat!!

Su compañero suspiró y le dejó comiendo el plátano (o más bien devorándolo) para dirigirse hacia Ban y Gata. Cuando llegó a su lado, tranquilamente les indicó:

¿Sois los extras que pedimos, verdad? Acompañadme, por favor, y os explicaremos vuestras funciones.

Regresó al lado del mono, quien había conseguido triturar el plátano a tiempo, pero aún lo tenía atascado en la boca para tragar. La gente comenzaba a entrar, por lo que el corrillo bajó el volumen para que su conversación se perdiera entre la recién empezada banda sonora.

Mi nombre es Boris y soy el Vicedirector. Este es Toni, el Director de la obra «María y Draco».

¡«Fe Ciem uaf», fagugo, zlaf! ―dijo con la boca llena.

¡«The Dream Oath», tarugo, plat! ―tradujo.

Cefís fe zazte fe Flozvadof, fe fan ziso, zlaf. Cefos felilo eszras folfe zos felfa celsozal, ¡fe zodo, zlaf! Flomelemos fagagos cien, zlaf, zimflemenfe ceguiz fas inztrucciozes fe Bolis, zlaf. ¡Eztaléiz ali fonfe oz nececifen, zlaf! ¡Y alola nececifamoz camalelos, zlaf!

Venís de parte de Trovador, me han dicho, plat. Hemos pedido extras porque nos falta personal, ¡de todo, plat! Prometemos pagaros bien, plat, simplemente seguid las instrucciones de Boris, plat. ¡Estaréis allí donde os necesiten, plat! ¡Y ahora necesitamos camareros, plat!

¡Cállate, Boris, plat! ―Toni tragó finalmente la comida.

¡Cállate, Boris, plat!

¡Pero no te calles ahora, plat! ―se exasperó el director―. ¡Ordénales que sirvan, plat! ¡Necesitamos camareros YA, plat! ¡Y que alguien le lleve algo al crítico y le haga la pelota, plat! Otro… Otro plátano más, plat…

El director les dejó solos, escabulléndose a la cocina en busca de su manjar privado.

Como ya ha dicho Toni ―continuó Boris, con una parsimonia enormemente contrastada con el estrés de su superior― lo que ahora mismo necesitamos son camareros que sirvan los aperitivo en esta recepción. Entraréis como extras en el tercer acto, no hace falta que acudáis al backstage hasta el segundo para que os vistamos y os dé unas pocas instrucciones ―sí que daba libertad el tipo―. Seréis testigos de un combate a muerte. Eso no necesita mucha preparación. Solo espero que no tengáis miedo escénico. Sería el detonante para que Toni se retirara a pasar sus últimos días entre plátanos y yo me convirtiese en Director.

»Director… ―se le pusieron los ojos vidriosos de imaginar su cada vez más alcanzable sueño.

Cuando terminó su ensoñación particular, les pidió que acudieran a la cocina, que se pusieran un delantal para tapar sus ropas de calle o trajes y que se distribuyeran entre los invitados para satisfacer a todos cuantos pudieran. Les señaló a regañadientes al crítico Lionel que había mencionado Boris, un tipo rodeado de damas al otro lado de la sala (y eso que acababa de llegar):

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Dejó caer que no hacía falta que se acercaran a él, que seguramente ya estuviese servido, y se marchó a sus propios asuntos.

A partir de ese momento, se dieron cuenta de que nadie les supervisaba… por el momento. Podían continuar con su papel de trabajadores y seguir las instrucciones o escaquearse para librarse del engorro (con la posibilidad de que les pillaran).

En cualquier caso, si decidían seguir las instrucciones que les habían dado, se encaminarían a la cocina, la puerta que estaba a la izquierda nada más entrar, tras subir unos pocos escalones (no la escalinata). En ella, encontrarían delantales y pajaritas para ponerse encima, y a unos cuantos camareros que preparaban las bandejas… atiborrándose de las delicias que estaban a punto de servir. Ponían un aperitivo con una mano, mientras comían uno diferente con la otra.

Es ahora o nunca ―comentaba uno de ellos―. Después, nos tendrán como malditos esclavos toda la noche, para servir y preparar el menú final. ¡Puede que incluso de extras como las cosas se pongan peor, diablos!

Les invitaron a unirse a su «banquete», y cuando hubieron finalizado (o más bien, cuando el Director entró en la cocina, en busca del tercer plátano de la noche), salieron en fila para servir a los invitados.

Llevaban unos minutos dando vueltas por toda la sala, bien de camareros o escabulléndose, cuando el Vicedirector subió algunos peldaños de la escalinata, llamó la atención de los invitados dando unas palmas y se aclaró la voz:

Damas y caballeros. Gracias por asistir hoy. En breve, abriremos las puertas para que os acomodéis en vuestros palcos y butacas. Disfrutad mientras tanto de nuestro aperitivo, por favor. Recordad que no se puede pasar comida a la sala. Tendremos otro rato de degustación y manjares variados, escogidos por el mismísimo Director, al finalizar la obra.

Al finalizar, el Vicedirector bajó hasta el pisito inferior, por las escaleras que había a los laterales de la grande, perdiéndose de la vista de todo el mundo.

Después de un rato más largo, haciendo lo que quién sabe Dios qué, una vaquita se acercó con aparentes intenciones a Ban, alzando mucho las cejas e increíblemente seductora.

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¡Te pillé, mozo! ―le rodeó con los brazos por los hombros. Sin embargo, inmediatamente le soltó, aunque dejó una mano sobre su hombro―. ¿Qué hace un rico bombón como tú aquí… y cómo no te he visto antes? ―de llevar una bandeja, la vaquita le cogería de ella una copa de vino; si no, tomaría una de un camarero cercano―. ¿Cómo no nos hemos encontrado en esta dulce senda que es la vida, lalalala? ―terminó tarareando con una potente voz.

»Oh, sí, nuestras especies nos distancian ―se acercó mucho a él, hasta casi rozarle con la nariz―. ¿Qué te trae por aquí… humano?

Bebió de la copa, pasando la lengua por los labios en un gesto que podía ser tan repugnante como atractivo, según desde qué ojos se viesen. Luego, rio como una vacaburra.

¿Bailas conmigo?


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- Ninguno de los dos bandos os cruzáis. Hay demasiada gente y por el momento no os veis (lo digo para evitar confusiones).
- Mi consejo es que aprovechéis esta ronda para interactuar con los NPC’s que queráis, el ambiente y moveros como más os apetezca. Del post, escucháis todas las conversaciones que querías (los de TdP, exceptuando la inicial con el Vice y el Director de BH).
- Bavol, paga el traje.


Fecha límite: 24 de agosto.
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Awards 2010-2011, 2012, 2013, 2014 y 2015
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Tidus Cloud » Jue Ago 21, 2014 12:35 am

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Así que todos son animales ―comentó Bavol al observar a los peculiares habitantes del País de los Mosqueteros.

Entre todos los espectadores listos para entrar en el edificio pudo encontrar todo tipo de animales con forma humana: perros, pájaros, leones… Por su parte, el pequeño gitano ya había estado anteriormente en un mundo en el que todos sus habitantes eran animales, así que aquello no es que le sorprendiera demasiado, sobre todo teniendo en cuenta que además su compañero era un pequeño extraterrestre de color azul.

Bavol ladeó su cabeza hacia el gran edificio amarillo para indicarles a sus compañeros que entraran dentro. La entrada central estaba protegida por dos soldados (dos perros) encargados de revisar las entradas del espectáculo. Deseoso de entrar de una vez por todas, el gitano corrió hacia los guardias y les mostró su propia entrada esperando que le dejasen entrar de inmediato; sin embargo, ellos no parecían tan dispuestos a permitirle el paso.

Uno de ellos se acercó y tajantemente le indicó:

Disculpe, señor, pero no puedo permitirle entrar con esa prendas. Si necesita un vestidor, encontrará uno a la vuelta de la esquina, a su derecha.

¿Pero qué dices? Tengo una entrada, ¿ves? ―replicó Bavol atónito agitando la entrada en las narices de los perros como lo había hecho la Maestra antes con ellos―. ¡Tenéis que dejarme entrar!

Continuó protestando un rato más cada vez hablando con una voz más infantil (o chillona según se mire) y dando pisotones al suelo como muestra de su frustración; no obstante, nada funcionó con aquellos malditos soldados. Bavol resopló indignado al ver que nada surtía efecto, al final decidió que prefería tener que cambiarse de ropa a perderse la obra.

Se dirigió hacia el vestidor que le había señalado el guardia y allí se encontró con otro de esos perros que comenzó a mostrarles diferentes trajes, todos horribles y en un estado de conservación deplorable.

Dame cualquier cosa con la que me dejen entrar ―dijo Bavol impacientemente haciéndole un gesto al animal para que no le enseñara más. Después se señaló el traje que llevaba puesto y concluyó― Y no me vayáis a perder este traje, es muy valioso para mí, ¿de acuerdo?

A continuación, se puso con rapidez el traje que le entregase el perro y por su parte, el gitano procuró colocar su disfraz en un lugar que pudiera recordar fácilmente para venir luego a recogerlo cuando acabase la función.

Ahora que ya tenía el aspecto “adecuado” para ver la ópera, volvió a mostrar la entrada a los guardias y le permitieron el acceso al interior del edificio. Bavol atravesó rápidamente la puerta del teatro, no sin antes sacarles la lengua a modo de burla a los perros cuando éstos se giraron a atender al resto de espectadores.

Entró en una sala enorme decorada con lujo con escaleras que llevaban a pisos inferiores y superiores. La habitación estaba repleta de montones de animales que devoraban entre risas los aperitivos que llevaban unos camareros encima de sus bandejas. El gitano se llevó hambriento una mano al estómago, se preguntó si él también tendría permiso para coger comida. Lo tuviera o no, Bavol no dudó en aprovechar su oportunidad cuando un oso dispuesto en la mitad de la escalera comenzó a hablar.

Damas y caballeros. Gracias por asistir hoy. En breve, abriremos las puertas para que os acomodéis en vuestros palcos y butacas. Disfrutad mientras tanto de nuestro aperitivo, por favor. Recordad que no se puede pasar comida a la sala. Tendremos otro rato de degustación y manjares variados, escogidos por el mismísimo Director, al finalizar la obra.

Al verlo hablar, el gitano soltó una risilla al imaginarse que aquel animal podría ser pariente de Winnie, el osito del Bosque de los Cien Acres. Mientras la mayoría de los presentes estaban distraídos con el discurso, Bavol agarró uno de los aperitivos de las bandejas y se lo tragó lo más rápido que pudo.

Como al parecer aún tenían que esperar un poquito más hasta que abrieran las puertas para acceder a sus asientos, Bavol echó un vistazo a su alrededor para ver si encontraba algo con lo que podía distraerse.

Bavol abrió la boca sorprendido e indignado al percatarse del aspecto de uno de los presentes.

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Aquel pajarraco estaba rodeado de mujeres que reían ante sus comentarios y ninguna de ellas parecía molesta con el atuendo que llevaban. ¡Aquello no era justo! Si él tenía que haberse cambiado por llevar un traje poco apropiado, a él también le tendrían que haber obligado a hacer lo mismo.

Bavol no dudó ni un segundo en compartir su frustración con sus compañeros en un tono de voz considerablemente alto y señalando al individuo que había despertado su enfado:

¡Light, Fyk, mirad a ese! ¡¿Por qué a ese le dejan entrar así vestido y a mí me obligan a cambiarme?! ¡No es justooo!

Dicho esto y si nadie tenía nada que añadir a su comentario, Bavol hizo una mueca de asco y continuó observando al resto de espectadores.

Al lado de una de las columnas, el gitano observó a dos extravagantes señoras (una cerda y una pájara) vestidas con esos trajes tan horteras que le gustaban tanto en aquel mundo. Bavol entornó los ojos ante la cantidad de chorradas sobre las que estuvieron hablando las dos animales, por lo menos si iban a decir tantas tonterías, las podrían haber dicho en un tono de voz más bajo sin molestar al resto de presentes.

¿Habéis venido también obligados por vuestros papás? ―le preguntó una voz a sus espaldas.

Bavol se dio la vuelta y se encontró delante suya a una niña de su edad (una perrita) que les miraba inocentemente a él y a su compañero azul.

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Pues sí, algo así. Yo quería ir a cenar, pero nuestra…eh… señorita nos obligó a venir aquí ―respondió Bavol procurando sonar simpático.

Los adultos son un rollo ―Bavol esbozó una sonrisa ante el comentario de la niña―. Mi nombre es Augustine. ¿Cuáles son los vuestros?

Yo soy Bavol y tienes razón, los adultos a veces son un rollo. A mí me han hecho cambiarme de ropa y a ese de ahí ―señaló de nuevo al pajarraco― le han dejado entrar así. No tienen gusto.

Parece que somos los únicos niños que asistirán. Qué aburrido

»¿Queréis jugar un ratito antes de que empiece este muermo? ¡Porfa! ¡Sé un juego divertidísimo! ―confesó Augustine juntando su cabeza con las suya de forma cómplice.

¡Venga, claro! ―asintió Bavol bastante animado con la idea de la chica.

Observad.

Aprovechando la distracción de una de las mujeres y de un camarero, Augustine cogió todos los aperitivos de la bandeja que llevaba aquel camarero, lo que provocó que la mujer, al intentar coger uno de la bandeja, se enfadara con el camarero por ir andando por ahí como si nada. Bavol soltó una risilla ante la travesura de la niña, aquella chica parecía bastante lista.

No valoran lo que tienen. Se lo merecen ―reflexionó la perrita haciendo un amago de tirarles los aperitivos a los adultos. Era evidente que la chica no tenía ninguna gana de estar allí.

»Está bien, mamá ya me ha enseñado que la comida no se debe desperdiciar ―Augustine devoró uno de los aperitivos, así que Bavol hizo lo propio y también cogió uno de su regazo.

Tienes razón, qué pena que nadie les castigue por desperdiciar la comida… ―reflexionó Bavol. Aquel era un tema que siempre le había molestado bastante teniendo en cuenta que se había pasado diez años viviendo en la misera.

¡Os toca! ¿Quién quiere empezar? Si hacéis algo mejor, os contaré un secreto ―exclamó Augustine emocionada.

Así que tan solo tenía que gastar una broma a algunos de esos adultos y a cambio le contarían alguna clase de secreto (y con suerte podría ser interesante). La noche estaba comenzando a ponerse más interesante. Echó una mirada furtiva a Fyk, esperaba que su compañero no estuviera en contra de aquella pequeña propuesta o que al menos no le impidiera a él hacer algo. Se acercó a Augustine para que nadie le escuchara y esbozó una sonrisa traviesa.

Has hablado con la persona indicada, Augustine. Sé un par de trucos bastante útiles para estas cosas ―comentó el gitano intentando sonar más interesante y misterioso―. Dime, ¿quiénes de todos estos de aquí te molesta más?

Esperó a que la perrita le respondiera y apuntó con su mano a quien ella le indicara, en caso de que no lo hiciera señalaría hacia la cerda que hace unos segundos le había resultado tan irritante.

Vamos a hacer que se calle de una vez ―le indicó a Augustine para que prestase atención y a continuación conjuró entre susurros―. Mutis.

Una vez el conjuro hiciera efecto sobre su objetivo (fuera el que le dijera Augustine o el que él había seleccionado) comprobarían con atención cómo aquella persona perdía la capacidad de hablar. Era la perfecta lección para aquella panda de horteras chillones.

¿Me he ganado enterarme de tu secretito?
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Re: [País de los Mosqueteros] No voy a llorar

Notapor Light » Sab Ago 23, 2014 11:12 pm

Descendieron de sus gliders en la espesura para evitar llamar la atención. Nada más aterrizar, Light y sus compañeros empezaron a dar sus primeros pasos en aquel mundo para aproximarse al edificio amarillo donde se representaría la ópera.

Delante de la gran edificación se encontraban algunos asistentes. La hora se acercaba y la mayoría de estos comenzaban a amontonarse en la entrada. Todos ellos eran... animales.

No hacía falta decir que Light se sorprendió en enorme medida cuando comprobó que todos los habitantes eran animales antropomórficos. Con ambos ojos, abiertos como platos, observaba con extrañeza a estas criaturas; le parecía imposible que pudieran existir animales capaces de mantenerse de pie y vestir ropa humana. Sin contar con su eidolon, jamás se había encontrado a seres tan peculiares como aquellos.

Parecía que al final, vistiera lo que vistiera, inevitablemente llamaría la atención.

En realidad no. Light, bastante alarmado, se fijó en los asistentes para comprobar sus reacciones y aparentemente ninguno de los animales se vio sorprendido por su presencia. Eso inevitablemente le tranquilizó. Puede que después de todo no fueran los únicos humanos de ese mundo.

Se aproximaron hasta la única puerta por la que podían entrar. La entrada estaba vigilada por unos soldados perrunos que se encargaban de supervisar que todos los que entraban adentro fueran correctamente vestidos y tuvieran sus entradas. Nadie parecía sorprenderse por la presencia de los aprendices, así que dio por hecho que él y Fyk no tendrían ningún problema para entrar.

Light sacó la entrada del interior de uno de sus bolsillos y se la mostró a uno de los guardias. Tal como esperaba, él y Fyk recibieron el visto bueno de los mosqueteros.

Espero que disfruten del espectáculo, señores. Su seguridad estará garantizada gracias a nuestra estricta vigilancia.

Disculpe, señor, pero no puedo permitirle entrar con esa prendas. Si necesita un vestidor, encontrará uno a la vuelta de la esquina, a su derecha.

«Así que no iban a poner pegas por la ropa…» arqueó las cejas y echó un suspiro.

¿Pero qué dices? Tengo una entrada, ¿ves? ―agitó la entrada de la misma manera que Yami, llamando aún más la atención―. ¡Tenéis que dejarme entrar!

¿Ves? Te lo dije.

Las excusas de Bavol no sirvieron de nada. Light observó al niño seriamente: ya le había advertido sobre las consecuencias y el gitano había decidido ignorarlas. Más le valía cambiarse si no quería perderse la obra.

Light no esperó a que el chico se cambiara y entró dentro del teatro.

En la entrada del recinto encontraría una barbaridad de animales: parecía que aquella ópera triunfaba y había logrado atraer a muchos. El interior del teatro estaba bien cuidado y el amarillo de las paredes que parecía dorado le rememoraba el oro, el lujo.

Desde su posición podía escuchar a la opera tocar, aunque le prestó más atención a otras cosas como la comida. Vio que había camareros que la traían en bandejas y no dudó en aprovecharse de ello. Después de todo, estaba famélico y se moría por llevarse algo a la boca. Y por supuesto, todo era gratis.

Se acercó al camarero más cercano y cogió con ganas uno de los bocaditos de jamón.

Tras comer el primer de los manjares decidió probar la bebida. Y tras eso, sin cortarse un pelo, se acercó a otro camarero y cogió otro manjar. Después, otro. Y después otro más: iba a ponerse las botas antes de ver la obra. Quizás resultaba un poco grosero no hacer otra cosa aparte de comer y beber, pero no estaba dispuesto a reprimir sus ganas de alimentarse.

Justo cuando se disponía a rellenarse la bebida, un oso de barba blanca comenzó a dar un discurso.

Damas y caballeros. Gracias por asistir hoy. En breve, abriremos las puertas para que os acomodéis en vuestros palcos y butacas. Disfrutad mientras tanto de nuestro aperitivo, por favor ―«no lo dudes…»―. Recordad que no se puede pasar comida a la sala. Tendremos otro rato de degustación y manjares variados, escogidos por el mismísimo Director, al finalizar la obra.

El animal dejó de hablar y se perdió entre la multitud tras bajar las escaleras. Light se dirigió a sus compañeros en ese momento con un entremés en la mano.

No sabemos cuánto va a durar esta obra, así que aprovechad y comed todo lo que podáis ―recomendó a sus compañeros antes de meterse otro bocadito en la boca. Si sus estómagos estaban vacíos, aquella era su mejor oportunidad para llenarlos.

¡Light, Fyk, mirad a ese! ―Light dirigió la mirada hacia donde el joven Bavol le señalaba. Allí se encontraba un pajarraco de lo más llamativo, rodeado de muchas féminas. El chico parecía bastante indignado, pues no le había quedado otra opción que renunciar a su disfraz―. ¡¿Por qué a ese le dejan entrar así vestido y a mí me obligan a cambiarme?! ¡No es justooo!

Tenía que admitir que el niño tenía mucha razón. ¿Habrían hecho alguna excepción con él por ser alguien de renombre? Solo podía hacer conjeturas.

La vida es dura, chaval ―le dio dos palmaditas en el hombro y se alejó de sus compañeros para recargarse finalmente la bebida.

Llenaba su vaso de bebida mientras escuchaba la conversación de dos féminas que se encontraban muy cerca de él. Las observó de reojo para comprobar quiénes eran: una cerda y una pájara ni más ni menos.

¡Que sea el amor, tía, que sea el amor! ¡Quiero que un amorcito lindo aparezca en una carroza y me colme de regalos!

¿Cómo puedes pensar solo en eso, Soizic? Venimos a ver arte, ¡a ver la ópera más aclamada de todos los tiempos! ¿Logrará una guerra separar a los amados? ¿Regresará Draco de ella? ¿Seguirá el corazón de María intacto? Estoy a escasas horas de saberlo. ¡Las plumas se me ponen de punta únicamente al pensar que estoy aquí! Doy gracias a que tu padre consiguiera las últimas entradas.

La conversación al principio no le atañía en absoluto, pero la cosa se puso interesante cuando el ave afirmó que se habían dado varios casos de desapariciones. Light permaneció cerca de los animales mientras bebía, atento a cualquier nuevo dato que pudieran soltar. Aunque no estaba de misión en aquellos momentos, le interesaba estar al corriente de cualquier cosa relacionada con la obra que iban a ver en breves.

La pájara dijo literalmente que era su labor conocer tanta información. ¿Conocería también el secreto de la «bendición de la ópera»? Incluso eso daba más que hablar que aquellas desapariciones desconocidas para él hasta ahora, así que seguramente sabría algo de la bendición también. Seguía creyendo que era una farsa, ¿pero qué otra cosa podía hacer en ese momentos?

Entonces, ambas chicas comenzaron a hablar de la comida, halagando la generosidad de los dueños de la ópera. Para unirse a su conversación fácilmente, Light se acercó al camarero situado cerca de ellas y cogió el mismo entremés de atún cogido por la cerda para probarlo.

Cuando se dispuso a entablar conversación con ellas, cambiaron de tema y comenzaron a hablar de sus cocineros. Claro, si habían conseguido aquellas entradas y conocían a gente de la realeza debían venir de familias adineradas o influyentes, muy al contrario que Light. Entablaría conversación con ellas más fácilmente si se hacía pasar por alguien de su misma condición.

Le parecía insoportable la gente esnob, pero si no quedaba otra para conseguir un poco de información...

Es verdad que la comida está deliciosa, aunque me sigo quedando con la de mi chef particular ―declaró antes de dar un trago a su bebida―. Conocéis al famoso chef Higashizawa, ¿no? Es toda una referencia en el mundo de la alta cocina. Su comida es, básicamente, una delicia.

»Y también es una delicia ver a dos chicas tan atractivas en esta ópera tan especial. En las tierras de las que provengo no encuentro a féminas como vosotras ―las aduló e hizo una rápida reverencia. Esperaba atraer su atención con esas palabras, aunque no se consideraba en absoluto un buen adulador, más bien lo contrario. Seguramente Xefil sabría hacerlo mucho mejor―. Oí hablar de la obra The Dream Oath y no pude evitar venir aquí para verla. No me costó mucho conseguir la entrada, así que no tengo nada que perder ―dejó caer que estaba forrado, básicamente―. ¿Es tan fantástica como dicen?

Esperaba que se explayaran, pues le había dado la impresión que sabían bastante sobre el tema y conocían a mucha gente que ya había presenciado la obra. Light se limitaría a asentir y a escuchar todo lo que tenían que decir. En algún momento decidió preguntar sobre lo que más le interesaba:

He oído rumores de algo conocido como «la bendición de la ópera». Se supone que todo aquel que presencia esta obra le ocurre algo realmente bueno. ¿Será verdad o es simplemente una falacia?

Podía también haber preguntado sobre las desapariciones, pero prefirió guardárselo. De hecho, le parecía más importante ese tema que el de un encantamiento que seguramente fuera falso. El tema de las desapariciones parecía ser un secreto entre ambas y no quería admitir delante de ellas que había estado atento a su conversación; además que las alarmaría, pues parecía ser un tema bastante delicado.

Ahora que lo pienso todavía no me he presentado, qué despiste. Me llamo Light Hikari ―dio a conocer su nombre, procurando ser lo más gentil posible―. Encantado de conocerlas, señoritas.
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